El letal discurso del enfrentamiento

Decía el matemático y filósofo Bertrand Rusell que “el problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”. La eterna dicotomía que constantemente repite nuestra civilización para terminar siempre practicando nuestro deporte preferido, la confrontación como medida disuasoria al respeto y la negociación. Tanto es así, que hasta en los mayores conflictos bélicos la rendición tras el exterminio de tantas vidas ha quedado invariablemente adornado con proyectos vitalistas y de concordia para reiniciar el paso hacia una mejor vida en común, que visto cómo anda el mundo, mismo parece un espejismo. Cuánto tiempo perdido en batallas, mientras los problemas humanitarios de muchos quedan a expensas de las decisiones de unos pocos eternizadas en un tiempo desgastado que siempre pertenece a los que sufren…

A pesar del esfuerzo de la mayoría por no llegar, nuevamente, a una nueva ola pandémica, nos encontramos en medio de un oleaje con transportes públicos abarrotados, con falta de seguimiento de los brotes de infecciones y, desgraciadamente, con un colectivo sanitario despreciado en sus reivindicaciones y herido en su acción diaria. El resto de colectivos que conformamos ese grueso social de trabajadores con mayores o menores recursos, confinamos nuestro miedo y salimos a la calle con la esperanza de que el virus no nos aceche en la esquina de este peregrinaje y seamos atacados a degüello contra nuestra existencia. Una situación que no por avisada ha dejado de recorrer el camino más negacionista de una gestión que juega, como un bucle, al trilerismo de colores mientras nuestra seguridad regresa al blanco y negro de los peores momentos de la nefasta primavera en casa.

Mientras tanto, este país tan constitucional para unas cosas y tan abolicionista  para otras, según vaya la feria partidista, escurre el bulto de la emergencia colectiva para poner en énfasis los derechos y priviligios de ciertos colectivos por encima de la comunidad social y diversa que  conformamos entre todos.  A pesar de que nuestra constitución habla de la soberanía popular de donde emanan todos los poderes democráticos que nos corresponden, los deslices extradiplomáticos de no pocos políticos enrocados en su endogamia ideológica, reinventan la legitimidad en pie con pared ensoñando a un nuevo rey sol que en nada mejora la situación de esta monarquía parlamentaria, como un tablero de ajedrez zarandeado por todos. Flaco favor de quienes tanto defienden a esta institución con este tipo de argumentos. Todo un problema para lidiar con quienes invitan a la eterna inestabilidad mientras la mayoría resiste intentando poner en orden tanto argumentario prebélico, sabiendo que un enemigo universal nos sigue pisando los talones para acabar, si nada lo remedia, con nuestra vida. Ya lo explicaba el  Premio Nóbel de la Paz de 1995. Rusell lo tenía claro desde el desastre humanitario de Hiroshima y Nagasaki, “la humanidad se enfrenta a una clara alternativa: o bien morimos todos o bien adquirimos un ligero grado de sentido común”. Desgraciadamente, parece que esto último, el sentido desde lo común,  comienza a estar en unos niveles que deberían alertarnos de caminos difíciles de desandar. Lo malo, nuevamente, de esta flaqueza es que algunos tendrán la posibilidad de recular de muchas soflamas sectarias, pero lo harán pisando los despojos de los valores maltrechos que garantizan una sociedad democráticamente universal. Y eso sí que nos pertenece a todos.

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