Kitchen para rato

                Pablo Casado apenas sale de una para entrar en otra. Como  popularmente se dice, al presidente del PP le crecen los enanos. O expresado de manera más académica, parece condenado al castigo de Sísifo, uno de los episodios más clásicos de la mitología griega: la penitencia  de empujar   cuesta arriba una piedra enorme por una ladera empinada para que,  antes de alcanzar la cima,  la roca  rodara hacia la base y él  tuviese que reiniciar por siempre el castigo.

                Al ninguneo del Gobierno, empeñado con éxito en la tarea de arrinconarle a la vera de  Vox, se le unió el desgaste producido a raíz del cese de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz parlamentaria. Y apenas apagados los ecos de tal y tan sonora defenestración,  se le ha venido encima el vendaval de la llamada Operación Kitchen.

Es esta, como se sabe, la pieza que investiga la supuesta creación en tiempos de Mariano Rajoy de una maquinaria parapolicial financiada con fondos reservados para espiar al ex tesorero del PP Luis Bárcenas  y destruir pruebas que pudieran incriminar a la entonces cúpula de Génova, 13 en la existencia de una caja B y de un sistema de sobresueldos pagados en negro a altos dirigentes de la casa.

                Las cosas no se le han puesto fáciles a Pablo Casado,  que lleva poco más de dos años al frente del partido, pero que, como digo, al que le cercan los problemas  de todo orden. Mentideros políticos y mediáticos recuerdan, a mayores de la Kitchen, la cuestionada estrategia de Ciudadanos en su acercamiento al PSOE, la moción de censura de Vox, la de por sí complicada negociación de los Presupuestos, las renovaciones pendientes de altas instituciones del Estado,  y la nueva ley de Memoria –o  mejor Desmemoria– histórica, cuyo anteproyecto acaba de hacer público el Gobierno.

                Todo un cúmulo de preocupaciones y ocupaciones  que sumadas juntas y al mismo tiempo constituyen una auténtica jaula alambrada, de la que le va a ser extraordinariamente difícil escapar con éxito. A juicio, por ejemplo, de la articulista Victoria Prego, Pablo Casado se enfrenta hoy, con pocas armas y escasos y débiles apoyos,  al peor escenario político desde que el 21 de julio de 2018 fue elegido presidente del partido.

                ¿Qué va a hacer en concreto Casado con el caso Kitchen? ¿Sacrificará fulminantemente a los implicados para salvar al PP como partido? “No hay nada que ocultar; quien la haga, la va a pagar”. Así al menos lo han asegurado desde el minuto uno  altos dirigentes populares, centrados en hacer bandera de ejemplaridad y de transparencia.

Bien se sabe que a otros -léase al PSOE de Pedro Sánchez–  les ha bastado con desmarcarse de turbios episodios anteriores, como el terrorismo de Estado de los GAL o los falsos EREs. Pero con el PP rige la doble vara de medir. Habrá, pues,  munición contra él para mucho tiempo. La condición de Casado como parlamentario  raso por mi buena tierra abulense en el tiempo de autos, le podrá servir  de burladero en los primeros momentos. Pero nada más.

En casos como el presente y otros similares, personalmente  me quedo por sistema  con quienes  reivindican la presunción de inocencia. Un derecho que no se pierde por una denuncia en el Juzgado o en los medios y que dura hasta que hay sentencia condenatoria. No obstante, el juez instructor García Castellón ha movido ficha e imputado al ex ministro Fernández Díaz. Mal se le ponen las cosas al PP de hoy por supuestas culpabilidades del PP de ayer.

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