Benedetti, cien años y unos versos después

            Hace ya casi un siglo de casi todo, una nada. Te has hecho mayor en las palabras y ahora, cuando le habrías concedido cien años a la vida, uno te celebra releyéndote, descendiendo contigo, escalón a escalón, verso a verso, a las suburbios de la cotidianeidad o ascendiendo por las exageradas rampas del compromiso ético. En ese recorrido te siento lozano, como si la inspiración hubiese hecho un pacto con una realidad permanente de actualidades viles, descarnadas y descastadas, contra las que hay que levantar la voz estentórea, con heridas pero sin rencores.

            He tomado tú ejemplo y por eso sé que conviene escribir de las cosas sencillas, de la ciudad con sus esquinas, de las plazas, de los árboles. Recorrer rincones, recurrir a los sentimientos, retornar a los recuerdos. Hemos de hacerlo barrio a barrio, aldea a aldea, transitando de lo épico a lo vulgar cotidiano, discerniendo lo uno de lo otro, esto de aquello, hasta completar, con cadencia de herrero restaurador, la cadena de libertad que desde las algas, desde los lodos, nos permitirán alcanzar los algos, salvando a las gentes de las cosas, a lo real de lo imaginario, y no todo para nada sino todo para saberse a uno mismo, para conocer a las sociedades que por no ser felices se hacen dictaduras y exilios y desexilios, y huellas imborrables de lo que uno quisiera que nunca hubiese sido, ni el Uruguay ni la patria de los gallegos que lo encontraron buscando libertad o trabajo.

            Sí, fuiste culpable y te condenaron las palabras. Hermosas y musicales te aprisionaron, nunca inocentes, como un ser comprometido y como un retratista fiel que canta y lanza botellas al mar, con mensaje. Vidrios y letras traslucidos a los que introduces en la vigencia de un buzón del tiempo que todo lo traga, con salivas espesas, entre gritos melodiosos -“Hay pocas cosas/tan ensordecedoras/como el silencio”-, como un cuento desmesurado y gris que, décadas más tarde, ha de contarse en un café, frente a la Universidad -ahora en las redes-, en momentos jóvenes, en los que todo se vive como un anhelo, una posibilidad, un atisbo de esperanza, una utopía. “Las modas pasan, los escombros quedan”. Lo grave, admirado poeta, sigue sin ser el pecado original, y menos de un ateo evolucionado, “lo grave son las fotocopias”. Y lo urgente permanece como la revolución pendiente hacia lo humano.

            Los presagios no descartan peores tiempos. Circulan el aire y su expectativa entre nosotros, los incurables de soledad, pero al menos sabemos que tú nos sigues queriendo. Nos indicaste al menos un camino: “No te rindas que la vida es eso,/Continuar el viaje,/Perseguir tus sueños,/Destrabar el tiempo,/Correr los escombros,/Y destapar el cielo./No te rindas, por favor no cedas,/Aunque el frío queme,/ Aunque el miedo muerda,/Aunque el sol se esconda,/Y se calle el viento,/Aún hay fuego en tu alma/Aún hay vida en tus sueños.”

            Y, por eso, aquí estamos, destapando cual niños inocentes esa botella al mar que tú lanzaste, extrayendo piedritas y socorros y alertas y caracoles. Transitamos por tus mensajes de esperanza. El mar es un azar, como la vida, ahora nos acerca tus palabras de nuevo, con cadencias reconocibles, entre tempestuosos coronavirus e islas de responsabilidad.

            Hoy tus cartas de amor, hechas verso, son un informe de la ausencia física, pero casi nada ha cambiado. “Lo peor del eco/es que dice las mismas/barbaridades”. Y todos nos miramos en lo que somos y nos encontramos en lo que diferimos, enmascarillados, sin besos artesanales siquiera, cual cualquieras creyendo tener todas las respuestas para las preguntas que ya cambiaron. Pero te advierto con tus decires: “No vayas a creer lo que te cuentan del mundo (ni siquiera esto que te estoy contando) ya te dije que el mundo es incontable”. Hay algo que permanece: “El Norte es el que ordena, con su ritual de acero y sus grandes chimeneas”.

            “Puede ser que el recuerdo nos olvide” y, entre tanto vagar y desacierto, como en unos de tantos de tus haikus afortunados,  “Me gustaría /mirar todo de lejos /pero contigo”.

            Uruguay, tras José Mujica, sigue siendo la única oficina del mundo que ha alcanzado la categoría de República. En este mundo globalizado de mensajes confusos es necesario hacer un sitio a ideales como los plasmados en las canciones de Serrat en las que, gracias a ti,  “El Sur también existe”.

            Hoy te abrazo, querido Mario, no sin antes recoger y abrir la botella al mar, la única que no contiene cenizas de verdad y sí versos de alegría. Los ideologías son frágiles y no todos los seres son poetas.

Alberto Barciela, periodista

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar