Acotaciones

** Lo más inquietante de lo poco que aportó la propagandística cumbre presencial autonómica de San Millán de la Cogolla fue el anuncio por parte del presidente del Gobierno  de que él asumirá  el reparto de los fondos europeos. Y es que las comunidades autónomas –de variada clase y color- temen con razón que el presidente utilice esta su autoasignada facultad y discrecionalidad para conseguir los apoyos parlamentarios que le vayan haciendo falta. Máxime, cuando por exigencias comunitarias tal distribución se va a ajustar a proyectos presentados y no a criterios objetivos como población, dispersión, envejecimiento o impacto del covid.

                La cita ya arrancó con un malestar indisimulable por parte de muchos presidentes al haberse enterado  de que la presencia del vasco Íñigo Urkullu respondía a un acuerdo de última hora según el cual dicho territorio tendrá condiciones especiales de déficit y deuda. La larga y efusiva paradinha que en el saludo inicial con él hizo Pedro Sánchez agravó todavía más la afrenta.

                Cada vez que aparece en el horizonte una eventual negociación con el Ejecutivo central el Partido Nacionalista Vasco se hace el estrecho. Pero al final siempre pone la mano y cobra. Los votos del PNV son pocos –seis- , pero cualitativamente muy valiosos para el presidente del Gobierno.  Y por muchas reticencias o reservas iniciales que muestre,  bien sabe que  sin Pedro Sánchez el Ejecutivo de Vitoria  no encontrará “un chollo” mejor. Nunca lo dejará caer cuando sus votos sean precisos.

                Dicho sea de paso, no deja de sorprender la docilidad con que los presidentes regionales –veteranos y noveles- siguen las instrucciones del aparato de propaganda del Gobierno a la hora de las llamadas fotos de familia o de puestas en escena “made in” Iván Redondo, como la del sábado en San Millán de la Cogolla. En fila y debidamente compuestos para la ocasión. Ni en la vieja mili.

                ** La gestión de la pandemia ha puesto de relieve no sólo la incompetencia del Gobierno central en su manejo, sino sobre todo la utilización masiva de la mentira por parte de éste como instrumento de autodefensa y  manipulación social.

                Comenzó a finales de febrero  por minusvalorar  la situación y autorizar las manifestaciones del 8-M, siguió después con el falseamiento sistemático de fallecidos y contagiados y ha concluido –de momento- con la historia largamente sostenida de ese  comité de expertos que en realidad nunca ha existido como tal.

                Si no fuera deplorable, no deja de su tener su gracia la paráfrasis que del arosano Julio Camba ha hecho el columnista Ignacio Camacho, según el cual Sánchez miente como se dice que el gato maúlla, el caballo relincha o la gallina cacarea. Una especie de atributo natural, de característica congénita.

                Lo que, no obstante, llama más la atención es la falta de reacción de la opinión pública y publicada ante el recurso sistemático a la mentira y al engaño consciente.  A la mayoría de la gente parece que no importa que se le mienta. Y es que cuando la falacia  se vuelve impune por repetición y costumbre, en verdad se la está normalizando.

                El profesor Blanco Valdés ha escrito estos días que en nuestro país  se ha instalado, para desgracia de todos, una democracia anestesiada en la que es posible hacer cosas increíbles sin que ninguna provoque la lógica indignación con que los demócratas responden ante el abuso de poder o el mal gobierno.

                Personalmente,  no generalizaría tanto. A mi juicio, ello está siendo así porque quien gobierna es la izquierda y ésta cuenta con  bula política y en muy buena parte mediática. Con una derecha en el poder, la calle estaría en ascuas.  La capacidad de movilización de aquélla es enorme. Tan formidable como indignante viene a ser su ahora silencio interesado.

** La Comunidad de Madrid, que viene sufriendo como ninguna el zarpazo del coronavirus, se ha blindado con una serie de medidas preventivas para hacer frente a los nuevos brotes y quizás a una segunda oleada de contagios en toda regla. El aeropuerto de Barajas del ministro Ábalos sigue siendo un coladero de inseguridades.

                Entre tales medidas ha causado especial polémica la llamada “cartilla covid”; esto es, esa cartilla personal de inmunidad ante el virus o  registro similar al de la vacunación internacional en el que quedarían reflejados  pruebas PCR realizadas, eventual generación de anticuerpos y otros extremos.

                El caso es que con el insulso ministro Illa al frente, la pretensión del Gobierno Ayuso levantó de inmediato una oleada de críticas. Objeciones  por doquier: técnicas, éticas y legales.  Es más que de suponer que ya las habrá valorado debidamente la Administración autonómica madrileña y que a pesar de ellas mantiene el propósito hecho público. En todo caso, ¿no habíamos quedado en que el Ejecutivo central  se desentendía del tema y que el manejo de la nueva situación quedaba en las manos  exclusivas de las comunidades autónomas?  Por lo que se ve, Moncloa ni come, ni deja comer.

                Asegurar, por otra parte, como ha hecho la siempre sorpresiva vicepresidente Carmen Calvo que “hay rebrotes porque tiene que haberlos” y que la pandemia “forma parte de lo que nos ha tocado vivir”,  resume el conformismo, cuando no la pasividad con que han llegado tarde a tantas cosas. Ahora, tras siete meses de gestión y cinco de pandemia oficial se ponen a crear una Secretaría de Estado de Sanidad para reforzar el departamento.

** En plena ofensiva de la izquierda política contra la Monarquía ha tenido especial relevancia política la gira de los reyes Felipe y Letizia durante el pasado mes de julio por las comunidades autónomas, donde en estos momentos de crisis e incertidumbre han pulsado las inquietudes no sólo de las autoridades políticas y sociales, sino de la propia ciudadanía. Y lo han hecho en medio de una calorina meteorológica general. Lo cual tiene su mérito añadido.

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