El yermo insulto

Se nos acaba la semana con diversidad de rebrotes de este mal llamado bicho invisible, que parece no tener intención de desviar sus deseos de propagación mundial. Termina también una campaña electoral en nuestro norte y noroeste peninsular, que ha pasado con pocas glorias multitudinarias gracias a esta desbocada pandemia sanitaria que renueva cualquier comportamiento y acción a las que estábamos tan acostumbrados. Sin duda, algo ha cambiado en este reanudar de la vida cotidiana, que nos toca acelerar con paso prieto ante tanta incertidumbre sobre futuribles y presentes, tan encasquillados en virulentas persecuciones de bandos como si de una guerrilla de ejércitos dependiera salvaguardar la salud colectiva.

Llevamos in crescendo este ambiente agotador con el objetivo prioritario de tensar hasta el infinito la cuerda virtuosa de la convivencia, tan importante en tiempos difíciles. Sólo faltaba entrar en discusiones someras sobre la necesidad de normalizar el insulto como baza para seguir rebuscando desde el fango la grotesca medallita del y tú más. No todos los días estamos inspirados en las explicaciones más certeras y, como decía mi abuelo, sería muy aplicable aquello de que en bocas cerradas no entran moscas. Por otra parte, que el gremio periodístico se rasgue las vestiduras por las críticas y ataques que algunos les profieren, roza cierta descortesía autocomplaciente en este magma cibernético rayano en lo distópico, donde, a veces, demasiadas, se nos hace muy difícil diferenciar la información de la opinión, una de las garantías imprescindibles de esta endiablada profesión que, como decía García Márquez, sigue siendo el mejor oficio a pesar de que se sufra como un perro. Siempre nos puede este romántico corporativismo, que le vamos a hacer.

Tampoco podían desaprovechar este rifirrafe las élites profesionales de nuestra política nacional para intentar un nuevo rejoneo circunstancial, que desgraciadamente sigue basándose en el intento de secuestrar olvidos del pasado como expiación espuria de los mismos pecados que se acometieron en su tiempo. El resultado de todo esto es la excesiva verborrea a la que nos tienen tan acostumbrados unos y otros. Una cháchara que se repite como un novenario diario y que permite el insulto fácil, dejando estéril el compromiso con la verdad. Ya hace tiempo que reflexionaba sobre los famosos zascas que consiguen movilizar a este tropel en el que nos convertimos todos desde las redes sociales o el enjambre informativo digital. Por algo somos maestros del insulto vocativo facilón, para reafirmar nuestros egos buscando el abrigo y el aplauso del grupo.

De todas formas, nos volveremos a topar con el lunes, otro más, y posiblemente al sol, que para eso estamos en pleno verano. Pero a diferencia de otras anualidades vitales, no podremos desconectar excesivamente de lo que nos rodea. Demasiados frentes para cerrar la puerta y olvidarse de lo que pasa ahí afuera. Pocos finales y principios para continuar, más que nunca, implorando a nuestra conciencia personal y seguir anhelando la confianza colectiva. Poco constructivo resultará si no somos conscientes de reflejarnos en aquellos que nos representan para socorrernos y cambiar actitudes que en nada mejoran nuestro quehacer. Ya lo decía Rousseau: “el insulto es el argumento empleado por los que están equivocados”. Posiblemente sea ese nuestro gran gazapo básico, recreando chascarrillos llenos de baldones mientras seguimos llenando de estiércol este yermo suelo de asfalto.

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