Es bien raro

Hoy concluye la campaña electoral de la anormal nueva normalidad, sin mítines multitudinarios ni plazas de toros abarrotadas desde el ruedo a los tendidos. He paseado por los alrededores de algunas concentraciones de los principales partidos, por ver el ambiente a lo largo de estas dos semanas, y he vivido la vieja sensación de comprobar que semejantes convocatorias apenas si convocan. Y en esta ocasión, lógicamente, menos. El respeto a las normas por parte de los partidos y el miedo al virus de la ciudadanía han producido cuadros de desesperanza en todas partes. Sin embargo el ritual se ha mantenido contra sol y sombras. Por tanto hay que aplaudir a los contendientes. Las organizaciones políticas están vivas para pedir el voto aunque la sociedad permanezca anestesiada.

En casi todas partes me han preguntado: ¿cómo lo ves? Naturalmente me pedían un vaticinio sobre el resultado que se producirá pasado mañana. Y he contestado: raro. En ese concepto caben todas las encuestas. Las publicadas, las secretas y las que están por hacerse el día de las urnas. Sí, porque, a quién no le ha resultado raro ver auditorios con sillas, como huérfanas, ocupando un metro cuadrado, por lo menos, frente a magníficos paneles pidiendo el voto a un público convencido. ¿No chocaba la rareza de observar a los candidatos recorriendo las calles con las mascarillas puestas sin apenas poder entregar su papeleta o sus alternativas y lucir los caretos de la cartelería? ¿No es raro que nos pidan llevar el voto desde casa? Y cuán raro resultará ver a los carteros recogiendo votos por los hogares al estilo del pucherazo, tan bien contado por doña Emilia Pardo Bazán en su novela «Los pazos de Ulloa». Y será raro si el domingo, unos y otros, no se acusan de “carterazo”, aquí o allá de nuestra desperdigada geografía. El cartero no llamará dos veces, pero quién sabe si marcará un cambio en los sistemas tradicionales del carreteado de votos.

Y raros han sido los esloganes, por tristes y faltos de imaginación. He llegado a pensar que el confinamiento ha noqueado a los contendientes. Fíjense, todos han puesto la palabra GALICIA como apuesta y asunto global sin apenas definiciones. El presidente en funciones, incluso, la ha triplicado al tiempo que achicaba, o hacía desaparecer, las siglas de su partido. Así, Feijoo ha apostado por Feijoo, mientras Pablo Casado, a su bola, seguía con el PP en los labios por las villas gallegas. Gonzalo Caballero se ha traído la fuerza del gobierno Sánchez en dosis. Nada raro, por cierto. Ana Pontón ha seguido dirigiéndose a esa Galiza (con zeta) que achica su opción. Y Gómez-Reino ha salido con el raro desánimo del perdedor. Pero, ¡oh bendición de los dioses!, por primera vez los tres principales partidos de la oposición no se han enfrentado entre sí. No han estado a partir un piñón pero han concordado en que un gobierno bipartito o tripartito –miren hacia Andalucía, Murcia, Madrid o Castilla-León- ya no se le indigesta ningún pueblo y a la derecha no le sirve de hombre del saco.

Y raro ha resultado que desde la Xunta se marque en A Mariña luguesa un confinamiento con recreo para ir a votar. Esto es, cinco días de encierro, cinco. Votar con propósito de enmienda y regresar al confinamiento, que el lunes o el martes volverá a aparecer, sin duda, en el DOG. Y el colmo de la rareza es que estas elecciones van a ser las más baratas de la historia.

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