El exceso prudente

            Es buen momento para recordarlo. Lo dijo John F. Kennedy y se ha repetido por casi todos los políticos como un marchamo democrático, de implicación en los proyectos de cada pueblo o nación. La solidaridad, el reconocimiento y el aprovechamiento del talento son siempre necesarios y, ahora, más que nunca. “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tú país”. En lugar de país pongan familia, vecinos, comunidad, ciudad, pueblo, empresa, mayores, jóvenes, continente, religión, ideología, Galicia, España, Europa… No es una perogrullada, ni un juego, sí es un requerimiento evidente del momento, ni superfluo ni simple. Es hora de levantarse del sofá y actuar, hay que salir del encierro, de la pasividad, y superar los problemas psicológicos que de los mismos se hayan podido derivar.

            Tenemos muchas preguntas que hacernos. Pero hay algunas fundamentales: ¿Cómo y por qué hemos llegado a este situación?¿Qué podemos hacer para prevenir nuevas crisis de semejante alcance? A casi todas van respondiendo sociólogos, científicos, líderes sociales y hasta algún político sensato, cada uno en sus alcances. El punto de inflexión lo supondrán los medicamentos adecuados para tratar a al COVID_19 -que llegarán antes de la vacuna-, y la capacidad de atención a posibles rebrotes, la instauración de protocolos y alertas tempranas, y el restablecimiento de la economía. En esto coinciden los expertos y en ello se esfuerzan los que piensan en el bien común. Lo dramático es que en lontananza se otean ya buitres carroñeros, los que sin pudor se alimentan de las crisis.

            La apatía, la desesperación o la depresión frente a la adversidad no pueden presuponer una respuesta, menos pueden representar una estrategia ante una situación grave que hay que afrontar con decisión, entereza, compromiso, altruismo y un cierto optimismo. Cada uno ha de aportar su pequeña esperanza y su potencial capacidad, sean las que fueren. Todos somos necesarios en la tarea que nos espera en los próximos tiempos. Que nadie se excluya de antemano, pues se necesitan la experiencia y la juventud, la cultura y la mano de obra, la generosidad y los gestos, las hojas volanderas y las redes sociales, la fuerza y la inteligencia, lo propio y lo común, escuchar y decir, la reflexión y la acción. La agregación, el respeto, la consideración, el reconocimiento o los valores son requeridos por esa puesta a punto de un mundo que todos sabemos que ha de ser mejor o que, caso contrario, no será.

            Hay que fijar objetivos sensatos, realistas, plazos razonables, aplicar estrategias contrastadas y otras nuevas. No podemos reinventar el orbe, siquiera la sociedad, de la noche a la mañana, pero sí debemos corregir rumbos, hallar el tono deseable para debatir propuestas encontradas, exigir lo que sea justo y adoptar soluciones consensuadas. Incluso debemos poder equivocarnos. Es imprescindible topar la fortaleza para denunciar los desvaríos políticos, las corrupciones, las mafias. Se demandan consensos para aplicar acuerdos en lo esencial. También un sentido de Estado que reine por encima de las ideologías y los egoísmos particulares.

            En todo lo expuesto tenemos muchos que decir los ciudadanos. No somos comparsas. Muy al contrario, pagamos impuestos y votamos, por eso todos somos imprescindibles para elegir a los que consideremos mejores, exigir y contribuir a que las cosas caminen hacia el bien común en lo inmediato.

            Es posible que muchos crean que es necesaria una revolución, espero que, si es así y llega, resulte incruenta. Ya los virus y el hambre matan lo suficiente como para que los individuos retomemos las armas o la violencia como recurso. La mesura es imprescindible, incluso en el análisis de una realidad insolente en sus exigencias y descortés. Nuestra especie ha sido impiadosa con la naturaleza, cruenta con los semejantes, pero sabe rectificar y pedir perdón, algo hermoso.

            José Luis Sampedro gustaba de contar la siguiente anécdota: “Un día Sócrates fue al mercado y miró a su alrededor, sonrió al ver tanta mercancía junta, y dijo: «¡Qué de cosas no necesito comprar!”. Cuánta razón. Lo que en verdad debemos pretender es a las personas y urgir el restablecimiento de una economía que nos permita ganar para el sustento. Precisamos crecer en educación, cultura y libertad. Requerimos trabajar para realizarnos. Se exige compartir y dialogar con franqueza. No caben diatribas, ni respuestas extremas. Es momento de aplicar el sentido común y cuanto nos tiene enseñado la vida en favor de la convivencia y el bien común.

Usted, sí usted, amable lector, es una pieza esencial en este puzle y hemos de reiterárselo. El otro, existe y hay que proclamarlo con claridad porque en este ahora hemos comprobado que somos imprescindibles sin exclusiones.

            No se pregunte qué podemos hacer por usted, interróguese sobre qué puede hacer usted por los demás. En ello hallará una profunda razón de por qué y para qué existir, incluso alcanzará algún momento de dicha.

Gracias por leerme y por compartir su ser y su sabiduría. Aplique el cuento con los otros y no le preocupe parecer excesivo, le agradecerán el gesto. Al menos yo lo haré.

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