No ha sido un “cisne negro”

                Según el ensayista libanés, nacionalizado USA, Nassim Taleb, el “cisne negro” de que habla en su segundo libro sobre la incertidumbre (2007) viene definido por tres  notas o características: el estupor que ante un fenómeno insospechable produce, la enorme convulsión que provoca y la racionalización a posteriori que lo acompaña.

                Dicho esto, en una entrevista de finales de marzo le preguntaban si la Covid-19 podía ser considerada como tal figura y respondía que no. Por lo previsible que había sido, a la vista de informes internacionales  varios.  En realidad, hace años que los especialistas en enfermedades infecciosas venían alertando de la aceleración del ritmo de las epidemias. En los últimos veinte años es este el tercer coronavirus beta que ha sido capaz de saltar la barrera de las especies. Y no será el postrero.

Sobre todo ello reflexionada el ex ministro y hoy alto representante de la UE para Asuntos exteriores y Política de seguridad, Josep Borrell, en un  artículo de comienzos de mayo publicado en el boletín del think-tank Real Instituto Elcano.

A su juicio, una vez superado el estupor  inicial hay que evaluar las consecuencias de este suceso, evitando caer –escribía- en dos trampas. Por una parte, evitando extraer conclusiones demasiado precipitadas, en vista de la incertidumbre que rodea esta crisis. Y por otra, dejarse llevar por la estupefacción concluyendo con excesiva ligereza que todo va a cambiar.

En la historia de las sociedades humanas las grandes fracturas siempre van precedidas de signos y acontecimientos que las anuncian. Y  las grandes crisis suelen ser aceleradores de tendencias preexistentes más que un punto de inflexión. Así ocurrirá en las relaciones internacionales.

En este sentido, el ex ministro y hoy también vicepresidente de la Comisión Europea entendía y entiende que la pandemia no significará el fin de la globalización, pero que sí pondrá en cuestión algunas de sus modalidades y de sus presupuestos ideológicos; en particular, el célebre tríptico neoliberal: apertura de los mercados, retroceso del Estado y privatizaciones. Su puesta en cuestión ya había comenzado antes de que estallara esta crisis, pero se acelerará después de ella.

En la última década la globalización se había multiplicado gracias a la creación de cadenas de valor cada vez más numerosas y extensas; cadenas que permiten dividir la producción de un bien entre distintos lugares para minimizar costes. La digitalización de la economía ha amplificado esta tendencia. Tales cadenas de valor no desaparecerán porque su interés económico seguirá siendo considerable. Pero asistiremos a un replanteamiento de las mismas.

Y lo harán de tres maneras. La primera consistirá en diversificar las fuentes de abastecimiento en el sector sanitario. La segunda será la reubicación de una serie de actividades lo más cerca posible de los lugares de consumo. La tercera consistirá en utilizar procesos tecnológicos alternativos, como la producción 3D y el uso de robots para así contener los riesgos de la deslocalización. 

Si la globalización va a cambiar de cara, también lo hará el Estado. De hecho –observa Borrell- en esta crisis se aprecia claramente que la demanda espontánea de Estado crece y que los países con alta protección social están mejor preparados para hacerla frente que quienes dejan a sus ciudadanos solos ante el mercado.

Supongo –añado yo- que será por cuestión de seguridad; esto es por el arsenal de recursos de que esa gran maquinaria que sigue siendo el Estado puede disponer. Más que por cuestión ideológica.

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