Tiempo de conversión

Dos días después de su renuncia al pontificado de la Iglesia católica (11.02.13), Benedicto XVI celebra en la basílica vaticana su última misa en miércoles de ceniza. De haberse ajustado a  la antiquísima tradición de las “estaciones cuaresmales”, en las que fieles y peregrinos hacen parada –statio- en alguna de las muchas “memorias” de los mártires que constituyen los cimientos de la Iglesia de Roma, la ceremonia habría tenido lugar en la primera de las habituales: la basílica de Santa Sabina en el Aventino, el templo más antiguo de la ciudad. Pero las circunstancias –se justifica el papa saliente, que se prepara para dejar voluntariamente la cátedra de San Pedro-  le aconsejan cambiar de marco o escenario.

                Anécdota aparte y como no podía ser de otra forma, el papa emérito recordaba que con el Miércoles de Ceniza el orbe cristiano comienza hoy un nuevo camino cuaresmal; un camino que se extiende durante cuarenta días y que conduce a la alegría de la Pascua; a la victoria de la vida sobre la muerte.

                Tiempo para los cristianos de penitencia, pero también de conversión interior; de “metanoia”, como diría la filosofía griega; de cambio de una mentalidad habitual.  “Renuévame por dentro”, reza el salmo. “Convertíos y creed en el Evangelio”, dice una de las dos fórmulas de imposición de a ceniza. “Convertíos a Mí con todo el corazón, con ayuno, con llanto y con lamento”, palabras estas con que comienza la primera lectura de la liturgia de hoy, tomada del libro del profeta Joel.

Los sufrimientos, las calamidades que afligían en ese periodo a la tierra de Judá, azotada por una plaga de langostas, impulsan al autor sagrado a invitar al pueblo elegido a la conversión, a volver con confianza filial al Señor: “Rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos”. La conversión, unida a actos auténticos de penitencia, es la que puede retraer a Dios del justo castigo y liberar al pueblo de su aflicción.

                En la homilía que comentamos,  Benedicto XVI se detiene en  la expresión “con todo el corazón”, que significa –dice- hacerlo desde el centro de nuestros pensamientos y sentimientos; desde las raíces de nuestras decisiones, opciones y acciones. Es también un reclamo –en plural- que involucra no sólo al individuo, sino a la comunidad.

                Con épicas y apremiantes palabras el profeta hace una convocatoria general: “Suene el cuerno en Sión. Promulgad el santo ayuno, congregad al pueblo, celebrad asamblea santa, reunid a los ancianos, congregad a los párvulos  y a los niños de pecho. Que el esposo salga de su alcoba y la esposa de su tálamo” ( lecho conyugal).

Pocos datos personales se tienen de este profeta menor. No obstante la brevedad de su texto, escrito tal vez en torno al año 400 a.C., lo cierto es que Joel tuvo notable resonancia en el Nuevo Testamento. Santos Padres y escritores antiguos, de Oriente y Occidente, lo citan. Y la liturgia de la Iglesia ha hecho de varios pasajes de su profecía un amplio uso: en concreto, en la primera lectura, como decimos,  de la misa de hoy miércoles, puerta de la Cuaresma, y durante el canto de las antífonas que acompañan al  rito de  imposición de la ceniza.

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