Para Sánchez, Moral y Derecho no son compatibles con la Política

No sabíamos, aunque se podía suponer, que el Doctor Pedro Sánchez era un adelantado seguidor de Maquiavelo y que haría de sus actos práctica de aquellas ideas del florentino en el sentido de que “la política se mueve mejor en el terreno del conflicto, que sus actores son sujetos pasionales, movidos a menudo por la ambición”. Está claro. Aunque inicialmente Maquiavelo, en su etapa más humanista, apuntaba que el Poder se debía orientar, con principios, el servicio al bien público, enseguida concluyó que la lucha por el poder había de servirse de condicionantes y herramientas que no casaban precisamente con el concepto tradicional o convencional de la moral.

En política, la moral es un estorbo, y ahora, a partir de las nuevas teorías formuladas por el Doctor Sánchez, lo es también el Derecho. O sea, que no importa que los actores de un escenario político, pongamos por caso el proceso por la independencia de Cataluña, se salten la ley ordinaria. Si se les persigue y reprime, quien lo haga, estará “judializando el conflicto”; es decir, que esa judicalización no la provoca el delincuente, sino quien le aplica el Código Penal, y como la política no se rige por la moral, sino por la conveniencia, paremos o anulemos la acción judicial que esto se arregla con política. Está bien claro. Es más, la política debe parar el proceso judicial si las conductas que pueden provocarlo se reproducen. Amén.

Sartori y otros autores que han reflexionado sobre tales dualidades, entre moral y política, concluyeron que la política era una actividad humana orientada a la formación a un orden colectivo general de un grupo social, para cumplir determinados fines (a través del ejercicio del poder). El Estado es obviamente la más característica de las redes a través de las cuales se impone el orden social. La moral no deja de ser “un conjunto de principios evaluativo-prescriptivos de toda conducta humana y de sus diferentes objetivaciones. Es un orden que dice lo que es justo o correcto y en ése decir, implícitamente, ordena conductas”. La moral debe influir en la orientación de la acción política, conforme ordena la Ley. Claro que el Doctor Sánchez acaba de decirnos que la Ley es un obstáculo para hacer política.

Se ha repetido que Pedro Sánchez no se siente concernido por sus propias palabras, que pueden cambiar en 24 horas, sino por sus objetivos. Pertenece a la categoría del político plenamente inmoral que, como dice Straus, “es un buen político si alcanza sus objetivos al margen de toda moral”.  La política es pues plenamente autónoma y al mismo adversario que ayer se tildaba de mentiroso se abraza hoy como el más querido compañero. La política sólo está condicionada por sus objetivos, sus valores son instrumentales, el modo de lograr lo que se persigue, sin consideración moral alguna. A la vista está. Lo que se dijo ayer no vale para hoy.

En España estamos a punto de ser testigos de un ejercicio práctico de aplicación de aquellas teorías, cuando el doctor Sánchez sea investido presidente del Gobierno. Cuando Pedro Sánchez decía que nunca pactaría con Bildu, y menos para ser presidente del Gobierno, parecía sincero. Su mensaje desprendía la consideración de que no podía entenderse con el brazo político de ETA porque era tanto como aceptar depender en alguna forma de los amigos de quienes asesinaron a más de ochocientas personas, varias de ellas de su propio partido. Y lo mismo cuando confesaba que nunca iba a llegar a la presidencia negociando con los independentistas, con ERC. Pero es que el propio José Luis Ábalos, secretario de Organización del PSOE, explicó que los principios del PSOE, su concepción de la sociedad y del Estado hacían imposible, a cualquier efecto, entenderse en modo alguno con partidos como los citados, por la propia naturaleza de sus principios y objetivos. Y en modo parecido se decía de Podemos de modo harto expresivo. 

Una de las paradojas más curiosas tiene por protagonista el entendimiento con la derecha católica vasca, el PNV, que ahora es también un partido progresista y de izquierdas, homologado a todos los efectos que haga falta. Cuando uno lee los principios del nacionalismo vasco, sus fundamentos racistas y xenófobos con el resto de los españoles no pude por menos de asombrarse por lo mucho que se parecen a otros que hoy se considerarías nazis, fascistas o de extrema derecha (en ese sentido).
Lo peor de todo es que la inmoralidad de Sánchez ha contagiado a su partido, masa inerme y sumisa, hoy en día, y hasta analistas políticos, positivistas alaban y ponderan la genialidad del presidente en funciones de conformar una mayoría de progreso, del modo que hace cuatro días rechazaba por moralmente imposible. O sea, que fuera de ese mundo de crudo realismo sin moral, sólo queda la derecha, la derecha extrema, extrema derecha y el fascismo derrotados. Y, en consecuencia, a partir del 5 de enero, cualquier ciudadano que no esté de acuerdo con el modo y el contenido con que el doctor Pedro Sánchez alcanza y forma su gobierno, es un reaccionario y consecuentemente un “facha”.

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