¡Chistes de amor, cinco duros!

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           Creaba chistes de amor y los escribía sobre fragmentos irregulares de hojas de cuaderno. Lo hacía, dicen, de mañana, en un banco público cualquiera de Recoletos, de la Castellana o en las escalinatas de la Biblioteca Nacional. Pasada la siesta, su voz sonaba rutinaria, sin ostentación alguna, entre los cines de la calle Fuencarral, como ruido que se incorpora al ambiente y casi acaba por hacerse imprescindible: “¡Chistes de amor, cinco duros!…“¡Chistes de amor!, ¡vendo chistes de amor!”. “Poemas de amor… para enamorados… del amor!”, exclamaba alguna que otra vez.

           Su aspecto era distinguible: pelo largo con raya al medio; en verano, sandalias y una falda larga, que se completaban con un bañador de señora sobre el torso; en invierno, botas y el escueto cuerpo arropado con una gabardina de color claro indefinible; en entretiempo, el gabán atado a su cintura apenas intuida; siempre, calcetines de colores desacompasados y un fular, para encubrir un cuello decaído; las más de las veces, gorro o boina. En general, un cierto decoro desarrapado, prendas de temporadas eternas para apantallar a un personaje innegable, como recién salido de una película de Berlanga.

           Dicen que venía de buena familia, con posibles. Dicen que la conocían como La Rusa. Dicen que fue universitaria y moderna, y a la que ya entonces siempre le faltaban cinco duros. Cien reales con los que quizás pretendiese patrocinar la producción de un film sobre su propia vida y reclamar la atención de los indiferentes sobre una historia real mal montada, sobre alguien que siempre hubo de improvisar, sin guión, sin dirección ni rumbo.

           De alguna manera, la quisimos durante generaciones en su función. Casi nadie, por timidez o por descuido, llegó a comprar un mísero chiste. Los que lo hicimos sufrimos el desengaño de un escrito ilegible, inentendible. La Rusa no ofrecía humor del bueno, ni amor del malo, no aceptaba limosnas, ni invitaciones. Ese era todo su glamour, si es que puede interpretarse así. Su película se exhibía todos los días en los soportales de los cines Roxy, Bilbao, Fuencarral, Proyecciones o Paz -ya solo pervive este último-. Ella era la protagonista de las sonrisas trampantojo a 25 pesetas, cuando un Franco francés se conseguía por catorce. Me dijeron que el precio de su oferta llegó hasta los 20 duros . Pero yo ya no conocí esa época.

           Aquella persona sin DNI aparente, se había incorporado a la calle, adosada por horas a las salas de proyección. Se mostraba como el personaje secundario que nunca dejaba de ser ella misma en su propio papel. No me gustaría que nadie me desvele el secreto de un final que con seguridad no fue para risas. Prefiero intuirla sentada en las mesa-lápida que diseñó Camilo José Cela para la literatura, compartiendo tertulia con quién sabe qué personajes de la capital. Quizás con el mendigo filósofo descalzo, que decía vivir gracias a que nunca había gastado nada en calcetines, como cuenta Fernando Arrabal; con Poty, inolvidable poeta de la calle y una de las primeras víctimas del Sida -entonces se llamaba así-, cuyo novio rugía como un león antes de saludar al teléfono. Al bardo lo fichó en una esquina Jesús Ynfante, director durante dos semanas del semanario satírico El Cocodrilo, y le ofreció como despacho una mesa de juntas de maderas nobles de 20 metros de largo y como secretaria a un reptil atrofiado en una pecera, para espanto del editor Eugenio Suárez; o con Chicho Sánchez Ferlosio, con sus humos levitacionales; o con un señor con telescopio, de esos que hay en tantas ciudades, con un cartel que anuncia: “¿Hoy, Marte!”.

           Cuanto planeta y cuantos grandes anónimos creadores de universos propios, libertarios y respetables, locos y bohemios, como en Santiago pudieron serlo, con su drama real republicano, Maruxa y Coralia Fandiño Ricart, las Dos En Punto, las Marías o Cara de Palo. Estoy seguro de que ellas le ofrecerían a La Rusa su maquillaje y la cogerían de ganchete. Hoy no les puedo ofrecer a ninguna de ellas más papel que sobre el que escribo, pero al menos en este artículo son mis musas. Con gusto las acojo entre mis palabras, la hago evidentes protagonistas, les entrego el premio del recuerdo respetuoso. Es su escena.

           Fuera de la ficción se comparte mejor la miseria que la riqueza.

           Recuerdo que en un cine de Vigo, de la ciudad adoptiva de Cesáreo González – Ízaro Films-, podía leerse una irónica inscripción, absolutamente paradójica: El cine es la única verdad. Porque todo es mentira. Siempre quise volver a disfrutar de un cine con gallinero, butacas de madera y aviones de papel sombreando proyecciones ya por sí blaconegrinas. Eso ocurría en mi niñez, en los cines Coca y Fantasio de Redondela. Entonces todos éramos parte del espectáculo, de un acto social con NODO, muchos vaqueros y desenlace consabido: el largometraje en Cinemascope, el séptimo arte, terminaba cada siete días cuando llegaba el Séptimo de Caballería.

           En Madrid, en los años 80, las películas no comenzaban con un león, ni con un rugido, ni con una sintonías de Ennio Morricone, se iniciaban con una voz extraña que, al lado de las taquillas, proclamaba una soledad sin humor y sin amor: “¡Chistes de amor, cinco duros!”. La falta de entendimiento del otro, del aparentemente distinto, continúa.

           Entre la indiferencia, las grandes salas de cine cierran, víctimas de las plataformas televisivas o del espacio comercial. Las Rusas quedan sin espacio. Esos son los dramas que no se escriben ni se acomodan pero que, en la vida real, se suceden sin fin.

Alberto Barciela, periodista

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