Leonor

Ayer presencié por televisión la puesta de largo pública de Leonor, princesa de Asturias, nacida bajo el signo de escorpio, regida por los planetas Marte y Plutón los cuales, como el signo zodiacal, simbolizan la destrucción y el renacimiento. El Marte romano era el dios de la guerra y de la vegetación. Plutón fue el dios griego de lo subterráneo y de la fertilidad. No sé hasta dónde influirán en la vida de esta joven Alteza Real esos ancestros mitológicos, a la vez engendrada bajo la atávica predestinación monárquica.

Al escucharla, tan encantadora y tierna, con evidentes muestras de inteligencia, preparación y saber estar, despertó en mí cierta pena afectiva por ella. La contemplé tal que un pajarillo feliz en una jaula de oro. Contradiciendo las distancias, la vi como al Segismundo de La vida es sueño, creado por Calderón de la Barca.

En la entrega de los premios que ostentan su título, vimos a las abuelas, Sofía de Grecia y Paloma Rocasolano. Representante de la añeja tradición la primera y del pueblo llano la segunda. Ambas con el mismo orgullo en las lágrimas emocionadas de cualquier yaya normal. De los abuelos ni rastro. Sin embargo el discurso de Oviedo no puede considerarse una simple fiesta político-familiar. En el futuro se verá como la confirmación o el punto final del anacronismo institucional que representa la monarquía en nuestro siglo.

Para los republicanos, quienes aceptamos, valoramos positivamente y nos decepcionamos con la restauración de Juan Carlos I, este continuismo suena hueco, ajeno a las necesidades políticas y a la igualdad ciudadana que debe regir la vida española del futuro. Cuantos hicimos la transición de la dictadura a la monarquía parlamentaria no alcanzaremos a ver el reinado de Leonor, caso de que la profecía, la cual anuncia el final de los Borbones con un Felipe VI -cerrando el ciclo abierto por Felipe V-, no se cumpla. Por la paz de mis herederos, le deseo clarividencia a Leonor ante los avatares del futuro, pues los escorpios somos duros de roer.

Periodista

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