De alquiler

Desde hace unos meses tengo un automóvil nuevo. Por primera vez en mi extensa historia de conductor no es mío. Mi coche es de alquiler por cuatro años. Con esta adquisición he roto los ciclos económicos mediante los cuales pagaba una cuota durante un tiempo y luego usaba la propiedad un largo periodo hasta el desgaste final. He caído en el nuevo sistema económico del arriendo permanente. El mismo mecanismo al cual están conduciendo a quienes necesitan nuevas viviendas. Alquilar es la solución mientras la propiedad se concentra en unas pocas manos especuladoras. Incluso los gobiernos progresistas respaldan esta «solución» antidemocrática, atrapados por los intríngulis del capital y la destrucción de las tradicionales clases medias acomodadas.

A ese gran mercado también está llegando el alquiler de electrodomésticos y muebles. Por una módica cantidad los usuarios dispondrán de los últimos avances electrónicos y de la moda mobiliaria. Una nueva fórmula de consumo cíclico desapegado del gusto por lo propio. Como ya sucede con los libros de texto, que pasan de mano en mano mediante préstamos. Desvalorizados y desunidos de los recuerdos escolares. Incluso la memoria privada ya no nos pertenece, la estamos alojando en una inaudita nube discretamente alquilada. Alguien la borrará algún día sin nuestro permiso, cuando para el CD, el pen y el disco duro domésticos, últimos archivos propios, ya no existan aparatos lectores y hayan sido sustituidos por otros artefactos de alquilar y tirar.

Conduciendo mi nuevo coche tengo la impresión de viajar por las autopistas de un nuevo feudalismo, en este caso electrónico, mediático y consumista, con una sensación de pobreza irreversible. Cada vez que miro la pantalla del navegador o escucho la voz femenina que me guía, pongo una vela a George Orwell. Su Gran Hermano hace tiempo que vive con nosotros alquilándonos un hipotético bienestar vigilado. ¿Y sabe usted cuántos kilómetros nos faltan para llegar al Mundo Feliz de Aldous Huxley? Quizás no muchos.

Periodista

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