Bréxit sin vuelta

​Se le llama de todo: incompetente, excéntrico, estrambótico, pintoresco, embustero contumaz, personaje histriónico. Ha zaherido con malas maneras a todo lo que se le ha puesto por delante y muy especialmente a las instituciones comunitarias. Pero a sus 55 años el cuestionado Boris Johnson es desde la tarde del miércoles primer ministro del Reino Unido; el sueño, casi la obsesión –dicen- de su vida.

​Si algo tiene de bueno para la Unión Europea la llegada al poder en Londres de un tal personaje es que por fin va a tomar las riendas del bréxit alguien que cree firmemente en que ésta es la mejor opción para el Reino Unido y que también por fin  comienza  el desenlace de este largo culebrón que tiene más que aburrida a la ciudadanía y que tanta energía política ha consumido a uno y otro lado del Canal. 

Su antecesora Theresa May hizo campaña y votó en su momento por la permanencia, pero luego hubo de pasar por conversa de la salida y administrarla como primera ministro. “Bréxit es bréxit”, asumió desde el minuto uno en el 10 de Downing Street. Boris Johnson, no. El que fuera corresponsal periodístico en Bruselas, ministro de Exteriores y   alcalde de Londres  ha mantenido siempre la misma postura. 

Por eso, en lugar de las vacilaciones y pasos en falso que caracterizaron la gestión de su antecesora, de Johnson no se puede esperar más que una determinación imparable de llevar a cabo la desconexión con las instituciones comunitarias en la fecha prevista, no después del 31 de octubre, “con o sin acuerdo”. Es decir, cualesquiera que sean sus consecuencias.

“No hay peros que valgan”, ha reiterado tras recibir el encargo de la reina Isabel II de formar Gobierno. Y eso que el portazo brusco puede costar al país 33.000 millones de euros, amén de ahondar las divisiones y empujar un poco más a Escocia hacia la independencia.

Ya en su discurso de nominación la nueva presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, no cerró del todo la posibilidad de una nueva prórroga para la salida británica. Ahora, más acomodaticia,  lo ha vuelto a hacer “si es por una buena razón”. 

En las actuales altas instancias comunitarias domina, sin embargo, la idea de que el acuerdo negociado con Londres y rechazado hasta en tres ocasiones por el Parlamento británico no se va a reabrir porque, a su juicio, sigue siendo el único y mejor posible para evitar los efectos negativos de una desconexión desordenada; una ruptura que sería “trágica” para todos y no sólo para el Reino Unido. 

Como mucho, se retocaría la ya más que sobada declaración política e incluso sería posible una nueva prórroga para la salida efectiva.  Los más optimistas al respecto recuerdan el pragmatismo de Johnson en su exitosa etapa como alcalde de Londres entre 2008 y 2016 y su capacidad para arrancar a Bruselas alguna nueva concesión que, aunque pequeña, él sería capaz de vender en Westminster como una gran gesta. Mayor capital político y talento persuasivo que su antecesora, desde luego, sí tiene.

​Pocas veces en los últimos tiempos ha llegado al poder un premier en circunstancias tan delicadas. Y es que el debutante se desayuna también con una grave crisis con Irán.

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