Personaje y actor

N0 hubo Gobierno de coalición pero vimos la nueva representación en la que Pablo Iglesias volvió a destruirse. En el cine estamos acostumbrados a padecer esto, actores que imponen su persona a los personajes. Iglesias sigue esa pauta. Apareció en las tertulias de la 6TV encarnando al Llanero solitario de la leyenda, pero enseguida se le desvaneció y optó por convertirse en El zorro, más puro y elegante, un tipo con fortuna familiar defendiendo los derechos de los desheredados.

Sin embargo, sin necesidad de quitarse el antifaz, volvió a ser Iglesias-individuo en estado puro. Entonces optó por imbuirse en el d’Artagnan de Los tres mosqueteros para alcanzar Europa y asaltar el cielo. Al poco perdió la complicidad de Athos-Errejón, Porthos-Alegre, Aramis-Bescansa, y abandonó el rol.

Solo ante el peligro, sheriff absoluto, con un amor nuevo a su vera (Grace Kelly-Montero), llamó a algunas puertas, se abrazó a Julio Anguita, tomó de la mano a Garzón y, como Gary Cooper, esperó el tren del malo con impaciencia. Falló el disparo y perdió más de un millón de votos porque en ese personaje tampoco resultaba creíble.

De las bancadas de UP desaparecieron los bebés, los besos de tornillo… y Pablo vistió el traje de Russell Crowe en Una mente maravillosa. Así lo vimos confundiendo teorías inciertas con realidades imaginadas. Hoy negando la sal al PSOE, mañana buscando votos para la moción de censura. Una peligrosa actuación con la que dejó al descubierto que, en la maravillosa esquizofrenia paranoide del protagonista de la película, tampoco encajaba el Iglesias real.

Acuciado por la necesidad de tocar poder decidió encarnar al Shylock de El mercader de Venecia, quizás soñándose Al Pacino. Y empeñado en cobrar la libra de carne, que creía suya, no supo ver que Antonio (el mercader Jeremy Irons) era un personaje real, Pedro Sánchez, con los pies en la tierra. ¿Próximo personaje? Continuará.

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