La verdad contemporánea


            Si tiras de un hilo antiguo darás con la esencia de un lugar en donde el mundo dio en llamarse Viseu. Así encontrarás la madeja de una manera de ser y de estar en la vida, esencialmente portuguesa, muy humana. En esa ciudad el arte de tejer entrevera seres y afanes, y establece la peculiaridad de sentirse parte de tradiciones centenarias. Si tiras de ese hilo, darás con las civilizaciones primigenias y es posible que en el camino te encuentres con ritos de tus antepasados.

            La pervivencia de lo próximo, lo asumible, lo reconocible como auténtico pasa por la cultura local, engarza con el tránsito de los siglos, y nos une a lo primitivo. Niega la decadencia, pues asegura un vínculo y una continuidad, sino exactamente genética -que también- sí matérica, técnica, formal. En el ser humano hay una vocación de trascendencia, de unicidad y de unidad en lo esencial, de nudo entre generaciones, de transmisión de saberes. Y eso subyace en el interior del ser y en lo más profundo de la comunidad, antes en la tribu.

            En la búsqueda individual o colectiva de la  belleza radica la aspiración de hallar o definir al menos una verdad, un ideal, una armonía frente al Misterio. Al vivir, el ser humano construye una respuesta, una cultura espontánea, al convivir participa de otra colectiva, engarzada, más construida. Para adornarlas crea o acepta el arte, se entretiene con espectáculos, y trata de adivinar su futuro con la magia o la religión, mientras se reserva una esperanza superior a cualquier otra utopía: la aspiración a la inmortalidad. Un creador solo puede serlo de certezas y la única pasa por la muerte. Necesitas pues de una fe común.

            Para los afortunados, el arte se impone como destino, como horizonte, como razón de ser, camino de lugares exactos por definitivos. Todo acto creativo supone un ruptura, al menos de lo rutinario. Lo genuino nos distingue en un mundo global, uniformador, esquizofrénico. Evocar el arte, tropezar con la obra, incidir en su comprensión y disfrute supone entender la inspiración misteriosa y el mensaje eterno de creación que conlleva, su hallazgo primigenio vuelve a ser nuestro, al menos por un instante. En cada hallazgo hay mucho de emoción e inteligencia.

            En Viseu el arte delimita un territorio, lo marca, incluso lo define. La historia se hilvana en belleza, en propuestas genuinas, deslumbrantes, en sumatorios exponenciales de un saber que trasciende de una a otra generación, como senda cierta en el caminar de los siglos.

            Miguel Ángel encontró entre el mármol lo que el mármol contenía, y lo hizo visible para los que siquiera sabemos buscar entre el material puro. Ahora en una concatenación de maestría, Cristina Rodrigues (Oporto, 1980), una de las artistas plásticas portuguesas más importantes de su generación, ha sabido encontrar en el lino artesanal la esencia y la ha elevado a arte digno de los mejores museos del mundo.  Su formación académica, su perspectiva universal y la fidelidad a sus raíces se concentran en un entusiasmo por un vegetal que ha creado una industria, en el corazón mismo de su país.

            Graduada en Arquitectura en Oporto y tras estudiar Historia Medieval y Renacentista, Cristina se doctoró en la Manchester School of Art y recibió una beca en 2011 para desarrollar su proyecto de investigación ‘Diseño para la desertificación’. Entonces centró su trabajo en el estudio y registro de los territorios portugueses con baja densidad de población mientras comenzaba a crear algunas de sus obras textiles más conmovedoras. Esto incide en la visión de los artistas para adelantarse a movimientos como el de territorios vacíos, tan de moda en España y Portugal, significativamente.

            No es extraño que su vitalidad, afán creativo y autenticidad, la llevase a vivir en Manchester, la antigua capital textil de Europa, y que en su Catedral realizara una gran exposición Women for my country. Para allí parecía creado O Sudário, una instalación textil estampada a mano, que en realidad había sido pensada para para la Bienal de Arte de Colombo (Sri Lanka) del 2016, es sublime. Esto da idea de su globalidad.

            En la realización de sus obras textiles, Rodrigues se sumergió en las tradiciones textiles de Viseu (Portugal), Allí buscó la colaboración de las tejedoras de Várzea de Calde, mujeres que perpetúan la historia artesanal de su zona utilizando las técnicas milenarias de elaboración del lino. Con estos métodos tejieron los paneles de lino de O Sudário. La artista los adornó con franjas de seda y cintas de raso, también producidas en Portugal, creando un diálogo entre la tradición – estrías de vejez mundana- y contemporaneidad, alzando un testimonio actual que conecta con antiguas narraciones, creando un diálogo entre lo pasado y la actualidad. En sus manos las pequeñas cosas alcanzan grandes dimensiones, llenan catedrales, marcan la hora justa.

            La estética ha de responder a una autenticidad. Ha de huir de las redundancias, ha de buscar el goce, el placer. El eclecticismo que emanan sus obras habla de sus pasiones y su formación académica, sus aportaciones le otorgan un sentido exclusivo.

            Toda la obra de Rodrigues se rige por una estética sencilla que flota entre la etnografía social, la antropología y la sostenibilidad. Elabora cada una de sus piezas con minuciosidad y como resultado obtiene reliquias escultóricas que muestran el recorrido de la propia obra y la identidad artística de objetos obsoletos. Mezcla magistralmente el virtuosismo con lo común y sus instalaciones son tan universales en su significado como local en su inspiración. Además, todas sus intervenciones artísticas reivindican el papel de las mujeres como guardianas de la tradición cultural, conservadoras perseverantes de un patrimonio que tiende a desaparecer.

            Cristina y las tejedoras portuguesas son las modernas Penélopes, cual personajes de la Odisea de Omero, tejen con lino y destejen barbarismos,  como en un conjuro para entretener un destino definitivo y trágico. La fidelidad conyugal literaria, aquí es respetuosa con la tradición.

            La obra hecha, casi concluida, presupone la llegada al deseo, el cumplimiento de una etapa en el Camino con el que justificar, los aportes, la vida individual vertida sobre la común, esencialmente la femenina. La mujer es el eje dinamizador de un pueblo. Como la Tierra Madre y Señora, que cantara el poeta gallego, Ramón Cabanillas.

            Estamos ante una suerte de utilitarismo del sentimiento estético. El arte ha de servir, y en este caso lo hace desde su concepción, en el transcurso de su elaboración, y en el mismo museo. No se pregunta para qué lo bello, se responde con la obra misma. Se apela a Dios, y cada tela se convierte en una oración deseada, elevada y que ya nunca será proscrita. El Ser Supremo garantiza la lógica de la acción oferente y le otorga sentido. La obra es metafísica, la consecución trascendente. La búsqueda apasionada de una verdad, también apasionante, se alcanza. Y todo es cierto, real.

            El ser se adorna para gustar a la vida, al otro. Se engalana como contraposición a la muerte, indeseada y disimulada con afeites, engalanada en paños y cajas, conjurada con un Cristo redentor. La obra no es admirada sino que nos admira a nosotros, seres capaces de confrontar lo insólito y revestirlo para aceptar el destino con formalismo, es decir, con seriedad, con esperanza cierta. Son el goce ético y el estético aunados. La autora aporta el entendimiento culto y suma a lo popular una retórica, una narración, un sentido, hasta alcanzar belleza. Es entonces cuando surge un horizonte, la esperanza, la capacidad de entender que se puede llegar a aquello que se anhela: una salvación común a través del arte, la comprensión de la magia, el misterio, creando fascinación. Todo eso aparece como la fuente de su capacidad de sugestión y de arrebato. La vida tienen al menos un sentido.

            “Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”, como dejo dicho Rilke. Exactamente todo lo contrapuesto a lo siniestro. He ahí una de las razones de ser del arte. Un sudario es un trampantojo, permite presentir lo siniestro, pero lo disimula. Cumple así una de las misiones del arte, que tan solo debe aspirar a señalar, apuntar, insinuar, inspirar, sugerir, pero nunca explicar, clarificar o asegurar.

            Cristina Rodrigues ha trasvasado los siglos, es una moderna Sherezade que, lejos de entretener con cuentos al Sultán, incorpora al pueblo a su narrativa. Lo hace de forma consciente, para dar continuidad a la tradición -ventaja evolutiva, biológica-, en la lucha por la conservación en lo común y transferible de seres con sensaciones, emociones y sentimientos, con sentido común, con humildad, con afán de hilvanar una tradición milenaria, entretejiendo los hilos que nos sitúan en los albores de la naturaleza racional, y que tal y como elaboró un lenguaje, pinto cuevas, tejió vestidos, se adornó, engalanó hogares humildes, y creó códigos no contaminados por la evolución o las conquistas, necesita saber que al menos perdurará en sus consecuciones. La obra es una prolongación de las manos que lo tejen, del mismo lino que se enraíza en la tierra, de la cultura milenaria de Viseu.

            Aquí lo sublime, lo estético y lo bello es lo que trasciende de la cultura popular al arte elevado. Cristina es la sacerdotisa que cuenta con la comunidad. El arte, que es expresión de ser, de yo, de ego, trasciende en este caso al logro de la causa común, se confunde con el orgullo de pertenencia a un colectivo que sabe expresarse de un modo consciente y distinto.

En cada nudo de Viseu los locales toman conciencia de sí mismos, y la continuidad retorna a la madre, a la mujer, a la que permanece en el hogar y mantiene la llama familiar, a lo emocional efectivo.

            Cristina lucha contra la fragilidad individual y la cultural, en un mundo víctima de lo global. Encuentra nexos de autorreferencia. Hay pasión, pero lo que podría derivar en un hecho vulgar, meramente decorativo, idéntico al de otras evoluciones, deriva hacia lo sublime, el arte, y alcanza los altares. No hay extravíos. La artista da rienda suelta a sus más íntimos sentimientos, sensaciones, recuerdos y vivencias, alejándose del mundanal ruido, la contaminación circundante, buscando el éxtasis que supone engarzar un momento de la historia con la cesión inmediata del testigo a las siguientes generaciones.

            Como advirtieron los grandes teóricos, lo estético es algo irremisiblemente unido a la Bildung (en idioma alemán: «formación»)  de la identidad humana. Se refiere a la tradición teutona de cultivarse a sí mismo, en donde la filosofía y la educación están vinculadas de manera tal que se refiere a un proceso de la maduración personal y cultural. En Viseu ese bagaje se comparte con esplendidez.

            Cada obra de Cristina es un consenso, adapta sus deseos y necesidades privadas a las circunstancias derivadas de su adscripción a la sociedad, debiendo en muchos casos renunciar a determinadas aspiraciones y expectativas para favorecer el bien común. Todo nace de una necesidad y de una cultura aunantes. Es por esta razón que las manifestaciones artísticas han existido desde tiempos inmemorables en la medida en que han supuesto el medio más adecuado para la preservación y desarrollo de la experiencia íntima del ser humano, constituyendo un excelente medio para la expresión de su vida interior en lo colectivo.

            La curiosidad existe en el autor y en la persona que disfruta la obra. En tiempos distintos y en planos seguramente desiguales. Estemos ante la indagación misma del misterio de la vida, ante la búsqueda del arca con la verdad definitiva, primera y última verdad. El camino se llena de matices y de posibles imposibilidades, pero es el mismo. El espectador universal se encuentra con una respuesta que podría nacer en su pueblo, que ha perdurado en Viseu, con una característica única, distinguible.

            Cristina consigue hacer sublime lo cotidiano y otorgarle personalidad. Pocas obras tan bellas como sus árboles, fractales genealógicos reconducibles hasta el Paraíso, superando a la filosofía desde la estética, somos algo sumidos en el tronco común. La manzana es pecado y cae; es bella, pero insuficiente; es vanguardia, pero solo cuando es herida, atravesada por una flecha. Entonces y sólo entonces supura sabia, se hace genuina, es genuina. La inspiración de Cristina atravesó siglos, entendió el objetivo como nadie lo había hecho antes y los sometió a unos cánones artísticos asequibles a toda la humanidad.

            Nacemos, morimos, transitamos, buscamos explicaciones, dudamos, alcanzamos conclusiones, participamos de lo común, necesitamos referencias. En la obra de la artista nacida en Oporto el espectador puede ver reflejados como en un gran espejo sus más particulares sentimientos, pasiones, afectos y vivencias, sintiéndose como en casa. No se substrae a la cotidianidad, como muchos artistas, es grande porque la asume y le añade nuevas experiencias y resultados, la proyecta en nuevas sendas. Arte sensible y propiciatorio, comprometido, no con lo político, sí con la tradición, con la necesidad natural de una referencia válida, superior a la mera estética, con un trascender terrenal, un arte natural y una sugerente guía. Hay ideología humana: el otro existe. Lo humilde, lo próximo se reivindica. Pensamiento hermoso y riguroso, que se transfiere en compromiso y autenticidad.  Sólo la mirada desinteresada, inocente, puede espaciar y crear espacio allí donde la técnica, las modas, el mercantilismo, lo propagandístico, parecen haber monopolizado el mundo. En estas obras pervive la inocencia, la libertad, la razón de ser. Hay una reconciliación íntima con lo auténtico, sin imposiciones, pues el arte tan solo debe aspirar a señalar, apuntar, insinuar, inspirar, sugerir, pero nunca explicar, clarificar o asegurar.

            Quizás la tentación de la universalidad ha hecho que Cristina se haya extasiado con lo más auténtico: Portugal. Ella consigue aunar la materia y el pensamiento, el mundo de las ideas y el ámbito sensible, las formas y los contenidos, lo visible y lo invisible de ese gran país. La artista se asegura la compresión del humilde y del maestro, responde a  las más vitales necesidades del espectador que contempla su obra.

            No sé cuántas veces más indagaremos sobre los mismos temas recurrentes, sobre el valor redentor del arte, sobre la decadencia física, sobre la esperanza, sobre la posibilidad de vivir eternamente jóvenes, sobre la gloria. Estoy persuadido de que llegaremos a nuevas conclusiones parciales, subjetivas, redentoras, a nuevas justificaciones y esperanzas, quizás a nuevas religiones, menos historicistas y melancólicas, a renovadas utopías diversas, a drogas estimulantes y soñadoras. Llegaremos a la nada, otra vez, quizás. Tras el tiempo perdido sin reconocer el Paraíso, nada. ¡Ay, dios! Nada no, en Viseu tienen una respuesta, Cristina la ha dado: hemos de vivir la verdad contemporánea.

Alberto Barciela es periodista

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