El fracaso de las palabras

No hay nada como cumplir décadas para darse cuenta por uno mismo de lo cíclica y poco aprendida que es nuestra historia. No sólo ésta, cercana y local, sino todas las historias en mayúscula o minúscula. También es cierto que a partir de ciertos años nos hacemos más inflexibles a los cambios de opinión o a arriesgarnos a retomar desalientos sobre lo que fuimos.

El tiempo nos queda demasiado limitado para reconocer torpezas a tantos minutos de reflexión. Tenemos por delante unos días llenos de retahílas declarativas sobre lo bueno y lo malo de aquellos que nos representan, aderezado por nuevas siglas que arañarán todo lo posible para hacerse un hueco en el hemiciclo de nuestra historia parlamentaria. Como un buen anecdótico viernes de dolores, comienza ese frenético desfile casi militar de todos los líderes políticos que nos intentarán abrazar a todos nosotros. Nunca serán más próximos que en estas inveteradas campañas electorales con tanto argumentario manido para digerir. Mientras tanto, el que más y el que menos ya tiene en vista la semana laboral más corta del año, y, reconozcamos, eso sí que es un buen argumentario.


Resulta divertido el inicio de este tiempo de máxima propaganda, con exigencias por parte de todos en cuanto a pegada de carteles, bandeloras al viento, debates multiparticipativos, encuestas y requete encuestas… Total, que la ingeniería propagandística llega a su máximo exponente y nosotros somos su único objetivo. Por su parte, los medios de comunicación ya han bautizado esta cita como las elecciones más abiertas de la historia democrática de este país. No está mal, para darle incertidumbre a estos tiempos que tanto adolecen de falta de veracidad y respeto a la verdad.
Me asombra la importancia que han tomado los debates. Ese hermoso don de escuchar, responder, acercar, diferenciar, acordar… Algo que, sinceramente, se olvida desde el minuto cero de la nueva legislatura. Flaco favor se hace a la gobernabilidad cuando se desacredita la representatividad de todos para llegar a alianzas mayoritarias. Decía el político y militar israelí Moshé Dayán que «si quieres la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos». Qué poco sabemos de esta acertada reflexión en estos tiempos algo desordenados con los pensamientos contrarios. Es una lástima que, en lugar de liderar ideas concertadas, jaleemos posiciones inflexibles de verdades únicas e inmóviles frente a debates de proyectos acompasados por datos reales sobre la situación de nuestro país. Y nuevamente, llega el fracaso de las palabras bajo la incertidumbre de lo que viene después.


Ya lo decía el escritor y nobel de literatura Rudyard Kippling: «los peores embuesteros son nuestros propios temores». De nada nos servirá calificar nuestro destino si no somos capaces de descubrir la verdad de nuestro presente, desechando esta incómoda desdicha del temor hacia lo mejor de nosotros mismos. Si aprovechamos el tiempo que tanto lo limita, tal vez seamos capaces de reflexionar por nosotros mismos para que nadie nos vuelva a reescribir nuestra propia historia.

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