Domingo de Ramos

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De la lectura de los textos evangélicos, a un profano en pormenores bíblicos como el que esto suscribe le queda la impresión de que una de las grandes controversias de la vida pública de Jesús de Nazaret fue la de su identidad. Ya entonces los hombres intentaron interpretar su enigmática figura aplicándole categorías que les eran familiares y que deberían servir para descifrar su misterio.

Jesús es visto como Juan el Bautista, como Elías o Jeremías que han vuelto, o como el profeta esperado. Pedro utiliza en su confesión otros títulos más elevados: Mesías, Hijo del Dios vivo. Todo un esfuerzo por resumir su enigma, su figura, su mensaje y su esencia, que prosiguió incluso tras la Pascua. ¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes? Eran preguntas recurrentes.

Arrastra multitudes. Habla en el Templo “como jamás nadie lo ha hecho”, al decir de los propios guardias que informan a sumos sacerdotes y fariseos. Y “hasta el viento y el mar le obedecen”. Predica un Reino que pensaban iba a manifestarse en seguida. Habla en parábolas, perdona pecados, cura enfermos en sábado, come con publicanos y pecadores y deja perfumar sus pies por una mujer pública. Y hasta pasa por blasfemo cuando se autoproclama “hijo de Dios”.

Infunde también respeto y, aunque no faltaban amenazas, nadie se atrevía a ponerle la mano encima. Sobre sí mismo emplea un lenguaje en ocasiones críptico. Sólo en el evangelio de Marcos, la expresión “Hijo del hombre” aparece catorce veces en boca de Jesús. No es un revolucionario, pero sí un personaje desconcertante, incomprendido y heterodoxo.

En un primer momento –y aquí sigo ya al papa emérito Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret”- la aparición de Jesús y del movimiento en torno a él había despertado escaso interés en las autoridades del Templo. Pero la situación cambió con el “Domingo de Ramos”, conmemoración que hoy celebra el orbe cristiano.

El homenaje mesiánico que se le tributa durante la entrada en Jerusalén; su reconocimiento como rey; la purificación y expulsión de los mercaderes del Templo, con palabras que parecían anunciar un cambio radical del culto, contrario a las prescripciones de Moisés; la desvinculación que anuncia entre dimensión religiosa y política; sus enseñanzas públicas, en las que se podía percibir una reivindicación de plena autoridad que podría dar a la esperanza mesiánica de Israel una forma nueva amenazante para el monoteísmo; los milagros que realizaba en público, como la inaudita resurrección de Lázaro, y la creciente afluencia del pueblo hacia su persona, eran hechos que ya no se podían ignorar.

Con esta situación por delante, para deliberar sobre el “caso Jesús” y el peligro que se cernía sobre el sistema vigente, se reúne el Sanedrín o corte suprema de la ley judía. Sin un debate interno previo como éste, resulta impensable el arresto de Jesús la noche de Getsemaní y el curso que siguieron los acontecimientos hasta desembocar en su condena a muerte y muerte de cruz.

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