El legado de la honestidad


Sentenciaba Séneca, en los tiempos de aquella Roma decadente, que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. Malos tiempos corren para la integridad personal y, más excepcional, para la colectividad. Nuestra compostura con el saber y hacer, el decir y cumplir, se revuelca en un lodazal de mensajes maquiavélicos sobre nuestra realidad diaria, virtualizando esa existencia paralela en la que se convierte nuestra política nacional.

Siempre nos ha ido eso de aconsejar de boquilla, desmerenciendo nuestos propios actos. Somos un país de renombre histórico que a veces adolece de un rigor endeble en su propia autobiografía. Seguimos enalteciendo nuestro criterio como sabedores de lo que cada uno vive sin importarnos la existencia contraria que pudieron vivir y hasta sufrir los del otro barrio. Y es que nuestras filias y fobias siguen exasperando esta convivencia que parece siempre atada de un hilo, y de la que, en algún momento, alguien siempre se aprovecha para volver a enarbolar la épica histórica de las batallas, seccionando de esa historia sólo lo bueno que les conviene. Somos capaces de hablar de reconquista sin darle importancia a la conquista diaria de nuestro propio futuro. Tal vez, siempre hemos sido un país de mirada atrás para seguir sonriendo el presente, olvidando nuestro tiempo pendiente. Y de esto deben ser conocedores los “gurús” de la propaganda política, porque de lo que escuchamos hoy, a cual afirmación más fulera, se retroalimentan esas bolas de nieve que pululan en las modernas redes sociales, esas que tanto preocupan pero que sobreutilizan para mensajear lo más engañoso del día a día. No nos gusta leer, y por eso nos resumen de tal manera la realidad que cada vez tiene más de algoritmo de “mátrix” que de realidad nacional. Y no será porque esa plural aldea global que conforman los medios de comunicacion de masas no se trabajan las escaletas sobre realidad virtualizada, a la que siempre le faltará la parte del contratante, o sea, de mi admirada ciudadanía de a pie, que con paso rápido se aleja de mucho estereotipo político para seguir vinculada al rompecabezas de su existencia.

Llevamos unas semanas asombrados y alertados por excesos declarativos de muchos de nuestros futuros representantes. Son capaces de sacar el más grotesco titular con el verbo rectificar como núcleo del sistema. Parece todo válido para que sigan levantando los informativos y las portadas de periódicos a costa de una deshonesta actitud de exponer, pública e impúdicamente, la mentira más torticera sobre cualquier tema. La sentencia del malogrado Séneca parece filtrarse ante la sensación tan humana de hacernos sentir un poco tontos. Nada es válido para justifcar el embuste, como ninguna falta de regulación debería disculpar acciones que conlleven deslealtad con la sociedad a la que todos, de una manera u otra, servimos y formamos.

A estas alturas, empiezan a quedar viejunas ciertas promesas y entretelas del márketing político, careciendo de la honradez intelectual que nos acerque a la verdad real de nuestro tiempo. Hace ya casi una década nos hablaban de líneas rojas para garantizar nuestros servicios públicos o nuestras garantías sociales. Ahora nos hablan de cordones sanitarios ante los dilemas de este entramado de siglas que desfiguran las ideologías que las alimentan. Tal vez sea el tiempo de dejar de escuchar a aquellos que niegan y a sus contrarios y abrir la ventana para ver si llueve o no. Una actitud personal que relataba Cicerón al decir aquello de que “como nada hay más hermoso que conocer la verdad, nada hay más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla como verdad”. No sé si nos quedará alguna hermosa sensación de este tiempo tan maltrecho de verdades, pero la responsabilidad sí que estará vinculada a esa honradez particular que será nuestro verdadero legado.

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