Redondela de Galicia

                                    A mi padre,  Pucho Barciela

            Como ha ocurrido en todas las novelas, en los textos, en los poemas cuyas historias discurren por Galicia, es justo que yo detenga un tren en la tierra mítica de Xan Carallás. Allí en donde el mundo ha dado en llamarse Redondela, localidad en la que los lápices de colores se llaman pintos, los centollos pexos, en el que la gente cancanea al pasear, una nécora vacía es un farol, los intermitentes se conocen como pisca pisca, y en donde un planeta es todo menos un astro.

            El que sería privilegiado escenario de la Batalla de Rande, dio origen a Mendinho y, con él, otorgó en San Simón oídos inaugurales a los más inspirados versos de las Cantigas de Amigo. Un emplazamiento en el Camino portugués a Compostela que nos ha obsequiado con seres de libertad. Entre ellos a don José Sarmiento de Valladares y Arines Troncoso Romay, conde consorte de Moctezuma y de Tula y duque de Atrisco, que fue el 32º virrey de la Nueva España; del político Juan Manuel Pereira -enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de la Corona de España -ostentada entonces por Amadeo de Saboya- en el Imperio de la China y en los Reinos de Siam y Annam;  al general Rubín y a Isidoro Queimaliños; a pedagogas como Ernestina Otero, María Castro Lago o Teresa Tojeiro; que ha acogido a escritores como Diego San José; ha visto nacer a folcloristas de la importancia de Casto Sampedro o al padre del pintor Agustín Redondela, genio de la Escuela Madrileña; ha dado madre a compositores afortunados de zarzuela, como Reveriano Soutullo. Y que, además, según referencia de Josep Plá en el diario ABC, incluso fue donde nació el inventor de la popular lotería brasileña llamada Bicho.

            Redondela ha vestido a España, Portugal o Gran Bretaña, de la mano de sus costureras, de los Regojo -don José fue el precursor de Zara-, de Gene Cabaleiro, de Pili Carrera o de Telmo Tojeiro con Umbro; y sigue arropando a las policías de medio mundo con los Márquez.

            La que dicen antigua Búrbida ha sido origen de periodistas y conselleiros como Jesús Pérez Varela -responsable del Xacobeo de mayor éxito y de la Ciudad de la Cultura de Galicia-, y hasta de directores de Le Monde Diplomatique, como Ignacio Ramonet, o altos ejecutivos de la televisión Mexicana; o de creadores de agencias de noticias como OTR, Antonio Soto.

            Allí vinieron al mundo médicos bohomínicos como Telmo Bernárdez; Teresa, Roberto y Antonio Ocampo; un eminente catedrático de Ginecología, médico y político, Alejandro Otero; el científico Luis Pereira Otero y su esposa, Rita Lima; el neurólogo, Gustavo Docampo y su esposa Moneca; Magistrados y abogados sobresalientes como los Carrera.

            En lo próximo y anecdótico, Redondela alumbró al hombre que hacía las empanadas más famosas del mundo, Celso Sequeiros -del Bar Redondela, de Bouzas, amigo íntimo de mi abuelo-. Le cito por hablar de alguien que triunfó en Vigo, ciudad que, puntualmente, lo fue de Redondela, allá, poco después de la Reconquista.

            En Redondela. Ese pequeño mundo de encrucijada, ese espacio proclive al cruce de caminos de tierra o de hierro, incluso de aguas; ese final de ría en el que los ríos cambiaban de colores, estampados de flores al albur de los teñidos de las fábricas textiles en las que aprendió el oficio Florentino Cacheda; se conformó una suerte de ser y estar en el mundo con un peculiar sentido del humor, o lo que es lo mismo de inteligencia genética heredada; un mundo que ha tenido como uno de sus ejes fundamentales a los Alfaya, los Bernárdez, los Ocampo, los Otero, los Pereira, los Pérez Varela, los Puga, los Regojo; familias que supusieron un reconstituyente humano; un bebedizo con sabor a Villa de los Viaductos y de los pazos – Agrelo, Pousadouro -residencia de los Marcó del Pont-, Reboraina-

            La Villa en cuyo prospecto cabe leer una pequeña pero singular Historia de Galicia y de España, amplió sus horizontes con los Amoedo, los Barciela, los Bernárdez, los Blanco, los Cabaleiro, los Contreras, los Cal, los Calderilla, los Croujeira, los Docampo, los Fóscar, los Molinos, los del Guay, los del España, los Ford, los Garavillo, los Groba, los Lemos, los de Machaquito, los Marcona, los Míguez, los Moure, los Pereira, los Peixiño, los Orge, los Ramonet, los Ricón, los Rubín, los San José, los Soto, los Tojeiro, los Triscallo, los Tuche, los de don Serafín Fernández el Veterinario, los Velo, los Villaverde, los Virulegio, los del Xan Carallás, los Xavelón, los Xirley y otros imposibles de enumerar.

            En la memoria permanecen las Dulceiras, las pastilleras, las loceras, las monjas de Vilavella, Murcia, Priscila, Carmiña, Moneco, Cocó, Garo, Pisquito. Son más, muchos más, y lamento no poder citarlos a todos, los redondelanos de cuna o de corazón: los García, los López, los Martínez, los Rodríguez, las Eugenia, las María, las Maica o las Garby, hacen que en mi vida exista referencias entrañables, fundamentales, basadas en lo humano.

       Una tierra agrícola y marinera, devota del Cristo de los Navegantes, de Santiago, de la Virgen de las Angustias, de Santa Marina, y que cuenta con sus propios ángeles, las Penlas y el Baile de las Espadas, para defenderse de la tarasca, la Coca choqueira, allá por el Corpus, con las calles y plazas alfombradas con flores, al tiempo que respeta a los santos de sus catorce parroquias. Una Villa que celebra todo, la Festa do Choco, la vida misma en furanchos prodigiosos, o cantando con su rondalla, escuchando a su afamada banda de música -magistralmente dirigida por Jesús Martínez Álvarez-, viendo bailar al ritmo de las pandereteiras a su grupo de danzas, comiendo a la sombra del Carballo das Cen Polas con la Peña Xan Carallás o tomando el sol en las terrazas de sus magníficas plazas. Un pueblo que ironiza en sus Maios, y hace las delicias del mundo con sus Títeres, celebra el Carnaval de Verano, o se hace vanguardia en el Festival Sinsal, o simplemente juega a las cartas en el Centro Recreativo y Cultural a la orden de “¡vamos, que nos vamos¡”. La población es un pasacalles permanente. En “Redondela siempre reina la alegría, en Redondela siempre reina el buen humor” o “Polo río Alvedosa baixaba unha gamela…”, exponentes de un mundo cantado con entusiasmo por sus propios habitantes, admirados de su capacidad ejemplar, orgullosos de obras como Aldeas Infantiles de Ventosela, impulsadas por la inolvidable Rita Regojo, o de Lenda.

            Una colectividad que tuvo hasta equipo de waterpolo y que  ha visto jugar a generaciones en el Pardiñeiro o en el Campo de Santa Marina, en ese equipo de coraje, el Choco, que aportó grandes jugadores al Celta y al Santos de Brasil, como los hermanos Talladas, Antonio y Santiago Túnel Cabaleiro, o al Madrid, como Rubiñán; o la SAR en Balonmano, fundada por el genial descubridor marquetiniano de Salvador Dalí, Pedro Regojo. O que entretiene el estío en los campeonatos de fubito en la pista de la Xunqueira con miles de niños implicados en el juego, apoyados magistralmente por Manolo Conde, de Casa Paco.

        Todo parece emerger de un sueño de belleza complacida, como la fabulosa colección de de Sargadelos cedida por Adriano Marques al pueblo. O como en una imaginaria película proyectada en el Fantasio o en el Coca, o en su añorado festival de Cortos, con música bailable para el Miramar o en Diva o postales de La Imprenta de Amador.

            Desde Villavieja a Santa Marina, Redondela se deja discurrir por el Maceiras y el Alvedosa, ríos de pocas aguas dulces, y de rellenos salados del mar en marea alta. La villa marinera apenas se espeja, para lucir por ella misma, soportando los viaductos como seña de identidad. Los trenes se cruzan en el cielo con los aviones, en sus operativos desde o hacia Peinador. La vida se comunica con la vida, especialmente los días 6 y 21, jornadas de feria. Los peregrinos se sorprenden de un lugar de belleza singular, con fuente de Santiago. Un espacio esposado a su alameda central, una vez cubierta la junquera que dejaba paso a la desembocadura del río en la ría. Escenarios todos dignos de ser pintados por Agustín Redondela, Ángel Barros, Lino Lago, o contados por José Antonio Orge Quinteiro, por el Seminario de Estudios Redondeláns o por la fabulosa página web Anecdotario Redondelán..

            Parece como si en cualquier momento, las maleteras de la estación pudiesen volver a gritar desde los viaductos “¡Agua, agua¡”, para alertar de la llegada de recaudadores de impuestos en el tren de la mañana, lo que provocaba el cierre inmediato de todos los comercios, incluido el restaurante Barciela de mis abuelos, José Barciela y Josefa Martínez, después de mis padres Alicia Castro y Pucho Barciela, más tarde también de Flora Rodríguez Ennes. El tiempo rellenó de simpáticas historias la Villa de los Viaductos.

            Como bien sabe Amado Ricón, allí, en donde el mundo se llama Redondela, cada ciudadano tiene seis o siete apodos, pero todos llaman a la vida por su nombre. Quizás, con un mínimo esfuerzo, seamos capaces de reencontrarnos en nuestra propia historia. Por encima de las ideologías, de los intereses particulares, de las nieblas de la vida, de las discrepancias puntuales, hay algo que nos une a los choqueiros: el amor por nuestra Villa y la capacidad de admirar al mundo.

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