Volver a empezar


Comenzó este fin de semana con cierto aire fresco, esa mezcla entre el frío que se va y los rayos de sol que aprietan. Son cosas de esta estrenada primavera, que a pesar del cambio climático sobrevive en este marzo de flores y tintineante rocío. Pero el final semanal concluyó con esos titulares que te paralizan el café con leche mañanero y con cierto asentimiento verbal para su contenido. Escuchar que el estado islámico ha sido derrotado en tierras sirias conlleva esa esperanza sobre la justicia, pero con la ingrata consecuencia de las guerras. Esta humanidad a la que pertenecemos siempre termina, desde cualquier punto del planeta, con las victorias derramadas de vidas y con las armas en pie para nuestras soluciones. Decía el pastor norteamericano Harry Emerson Fosdick, tan revisionista en sus creencias, que «odio la guerra por sus consecuencias, por las mentiras en las que vive y por los odios eternos que despierta». Y parece el resumen de esta historia mundial que casi dividimos más entre etapas de conflictos que por mejoras de la humanidad.

Aprendemos a llevar nuestro argumentario por encima de las posiciones que tenemos en frente y obviamos que el derecho al pensamiento libre y a la controversia siguen siendo principales premisas para nuestras libertades. También es cierto que la mayoría de los conflictos bordean intereses económicos para acompañar tramposamente valores tan imprescindibles como la libertad y la justicia. Quiero pensar que, además de los centenares de caídos en esta guerra de más de cuatro años, mucha gente civil ha podido tener un amanecer brillante de la paz, como decía Luther King, y con la esperanza renovada para una nueva etapa vital.

La mañana parece acceder a buenos augurios, aunque cualquiera de nosotros pueda alertar a la vista, con el rabillo del ojo, observando cómo termina una batalla, una guerra, pero intuyendo certeramente que las colisiones geopolíticas continuarán anidando en lo más profundo de nuestra estructura internacional y casi universal.

A partir de este momento, que humanamente es el que más nos debería complacer, vendrán los reconocimientos de victoria entre unos bloques y otros. Aparecerán los analistas para explicarnos todos los movimientos ocurridos hasta la genial victoria. Mientras tanto, los reporteros de guerra que, en definitiva, han sido y son los aliados de nuestra perspectiva en vivo y en directo, seguirán haciendo su crónica para contarnos la posguerra y evitar la posverdad de los mandos propagandísticos de unos y otros, o así debería ser.

Así que no tendremos un día perfecto, pero reconozcamos que algunos de nuestros compañeros de vida del otro lado del mundo podrán, a partir de ahora, revisar su alrededor y empezar a pensar en el día de mañana. Tampoco será perfecto, pero, posiblemente, serán más dueños de su tiempo. Lo decía el recordado cineasta François Truffaut, «una de las consecuencias de la guerra es que priva al hombre de su propio combate individual». Y en ello nos quedaremos, porque ya saben aquello de que las guerras son las masacres de entre los desconocidos, ya que quienes se conocen son los que las originan, los que sacan provecho y los que nunca se masacran entre ellos. Tal vez por eso, esta forma de proceder siempre sea un volver a empezar.

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