Miedo a la calle

 

    La concentración prevista para hoy en la plaza madrileña de Colón para “parar los pies” a Pedro Sánchez en su política negociadora con los golpistas catalanes ha surtido  efecto antes incluso de haberse celebrado: el propio Gobierno ha dado por rotas las conversaciones. De momento.

El miedo a la presión de la calle que se esperaba masiva ha sido el detonante y no las diferencias con la otra parte,  como engañosamente ha argumentado la vicepresidenta Carmen Calvo. Se ha tratado de un intento de desactivar la convocatoria y de presentarla a partir de ahora como innecesaria. Pero de rectificación o arrepentimiento, nada de nada.

No pocas veces me planteaba  estos días si Sánchez y su Gobierno  eran realmente sinceros en las apelaciones al diálogo  y en la pretensión de dar salida dentro de la ley al viejo contencioso catalán.  Y es que tratándose como se trata de una cuestión política a resolver por vías políticas, se echaba de  menos que después de nueve meses de contactos no hubieran presentado un solo papel, una sola iniciativa sobre la reforma de la Constitución como paso previo a cualquier acuerdo que pudiera venir  detrás.

Porque lo que resultaba y resulta  claro es que en el marco de la actual  carta magna no cabe ni la más elemental reivindicación de los independentistas. Éstos hace tiempo que pasaron de retomar el estatuto de 2006, es decir,  la versión anterior a la poda efectuada cuatro años más tarde por el TC. Pero incluso para algo tan modesto como eso habría que modificar antes la Constitución.

En buena lógica cabía concluir, pues,  que lo que Sánchez y Moncloa en realidad venían buscando  en su complicidad con el insaciable independentismo era otra cosa: no tanto dar solución al  creciente problema del llamado encaje político de Cataluña en el resto de España, cuanto asegurar su continuidad en el Gobierno. Y así, como en un juego de naipes, iban entregando una carta tras otra según el discurrir parlamentario nacional lo precisaba.

La última carta ofrecida fue –de momento- la del célebre relator que tamaña polvareda política y mediática suscitó y la que ha terminado por sacar a la opinión pública a la calle. Pero no la más gravosa. Y es que llueve sobre mojado. Esta última no fue más que consecuencia de la bilateralidad, de la igualdad entre las partes que el independentismo ha puesto siempre en primera línea de sus objetivos, que trufó de arriba abajo el estatuto de 2006  y que el Gobierno de Pedro Sánchez asumió con la reunión y foto de Pedralbes días antes de las fiestas navideñas.

El que tal pretensión hubiera vuelto a salir a la luz en los cuatro tremendos folios que Torra entregó a Sánchez en aquel xuntoiro prenavideño hizo  inevitable su conexión política y mediática con la necesidad de votos que el Gobierno precisaba para sacar adelante las cuentas públicas y mantener así el poder que a través de la moción de censura tan poco le había costado conquistar.  La cuestión catalana ha sido pura cancha de juego, no un objetivo sincero.

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