El pozo informativo

Un niño se cae en un pozo estrecho como la camisa de una serpiente, en un rincón del mundo de cuyo nombre nunca habíamos tenido noticia, en las cálidas tierras de Málaga, donde Andalucía se retuerce entre montes y mar. El crío se llamaba Julen y el pozo artesano tenía más de cien metros de profundidad sedienta. La perforación silenciosa estaba allí, la boca de lobo destapada, aguardando con el mismo descuido de quien la abrió y olvidó, o no quiso, cerrarla. La desgracia llevó de la mano a la criatura y rompió el silencio invernal del tranquilo Totalán, un pueblo de menos de mil habitantes, conocido en la comarca por su fiesta de la chanfaina.

Las primeras escenas del suceso podrían valer para iniciar una película afín al realismo italiano. Una aldea convulsionada, las carreras, las improvisaciones y, casi nadie sabe cómo, la rápida aparición de los ejércitos informativos, el punto de giro que transforma la narración de ayer en el espectáculo de hoy. El pensador se detiene ante las áridas imágenes de un monte triste y calcula que, tres décadas atrás, sin la tecnología actual el suceso habría concluido con la impotencia de los deudos, los llantos, el responso del cura y una cruz sobre el agujero clausurado. Algún suelto o gacetilla en los medios provinciales daría cuenta de la desgracia sin más.

Y el pensador no puede evitar la resurrección de aquella otra imagen de 1985, cuando la erupción del volcán Nevado del Ruiz atrapó en Armero, Colombia, a la niña Omayra Sánchez, de trece años. Durante tres días, inmersa en el lodo, agarrada a unos maderos. El mundo la vio agonizar sin llegar a entender ni aceptar la falta de medios y la incapacidad para liberarla antes de ser cadáver. Se trataba de una desgracia individual en el contexto de una gran tragedia, sin embargo, por mor de un par de reporteros se convirtió en la imagen indeleble del escaso valor de la vida cuando los medios son insuficientes para salvar a alguien.

En aquellos momentos vislumbramos a Omayra difunta mucho antes de que la parada cardiorespiratoria pusiera fin a sus días. En el pozo de Totalán hemos querido ver vivo a Julen contra todo pronóstico natural y lógico. Nadie podrá tirar la piedra negando haber especulado con sus sufrimientos, con la falta de oxígeno y agua, con las estadísticas científicas…, nadie ha dejado de esperar un milagro imposible. Razones todas ellas, suficientes, para convertir la desgracia en el pastel morboso con el que durante trece días con sus noches nos hemos desayunado y tomado el postre de la cena. En contrapartida con la muerte evitable de Omayra hemos vivido la justa proliferación de medios para rescatar a Julen, vivo o muerto. He ahí la doble realidad de nuestro mundo transmitida en vivo y en directo.

Pero he ahí también el pozo informativo en el que estamos apresados. El sensacionalismo y el morbo que ha rodeado el rescate de Julen ponen frente al precipicio los criterios que rigen muchos medios, especialmente los audiovisuales. Resultaba penoso ver tropecientas cámaras y teleobjetivos a la caza de inútiles imágenes de grúas y tuberías. A micrófonos con preguntas vanas a la procura de silencios. A pretendidos sabios y oportunistas especulando insensateces para llenar horas de expectación y cuota de pantalla… Y no queda más remedio que sentir vergüenza por pertenecer a este gremio adulterado por el amarillismo informativo. Un pozo cada día más profundo.

 

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar