Macron recula

Emmanuel Macron, el joven y decidido político que hace año y medio llegó envuelto en un aura de invencibilidad a la presidencia del país con la pretensión de reformar la irreformable Francia, pasa uno de sus peores momentos. No ha sabido prever ni manejar la crisis de los chalecos amarillos, el movimiento que se inició sin líderes ni ideología unitaria en protesta por la subida del precio de los carburantes–el detonante- y que ha derivado en una revuelta en las que cristaliza el hartazgo de las clases medias empobrecidas. No habrá que olvidar que los franceses son, después de los daneses, quienes soportan en Europa una mayor carga impositiva.

Macron, como digo, llegó al Palacio del Elíseo en mayo de 2017. Había sido durante dos años ministro de Economía y antes, trabajado otro tanto tiempo como asesor del entonces presidente Hollande. Este era su currículum político. Pero nunca con anterioridad había sido elegido ni nunca se había encontrado con electores.

Esto, en opinión de expertos analistas, podría explicar su falta de tacto en el trato con los ciudadanos: la percepción de que es un líder arrogante y elitista. O el error de dejar que una medida como la supresión parcial del impuesto sobre la fortuna (ISF) le terminara por definir a pie de calle como “el presidente de los ricos”.
Le ha faltado empatía con el ciudadano, como lo demuestra la bajada sostenida y desde el primer minuto de sus índices de popularidad, que ahora ronda un más que precario 26 por ciento. Visto desde fuera parece gozar, sin embargo, de mejor imagen.

El conflicto se le había ido a Macron de las manos. Episodios tremendos e injustificables de violencia habían causado sólo en la zona del emblemático Arco del Triunfo daños por valor de un millón de euros, amén de cuatro muertes y un reguero de heridos.

De momento y ante el riesgo de la propagación de los disturbios a otras iniciativas del programa reformista, ha tenido de recular. Así ha sido por primera vez en su mandato; algo que no había hecho anteriormente ante las movilizaciones contra la reforma laboral, la ferroviaria y contra la ley de seguridad. Pero la transversalidad o generalización de esta movilización frente a la medida estrella de su plan contra el cambio climático, le ha obligado a enmendarse: la ecotasa de los carburantes no se aplicará en todo el año que viene.

El presidente francés es, como se sabe, uno de los grandes apóstoles medioambientales, para quien el calentamiento global es una de las grandes amenazas de nuestro mundo. De ahí su idea de este tipo de impuestos que disuadan al ciudadano de utilizar determinados medios de transporte y determinado tipo de energías

Veremos a ver en qué termina todo ello. Pero el movimiento de los chalecos amarillos puede despertar ansias miméticas en otros países que se aprestan a políticas similares. Precautorio aviso a navegantes, no lejanos, por cierto, de estos nuestros lares.

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