Torres más altas han caído

 

​El ministro Borrell vive de rentas. Dicho sea sin mala intención. De rentas políticas. Las económicas tampoco son pequeñas, pues de hacer caso a las declaraciones de bienes patrimoniales publicadas en el BOE, es con notable diferencia el miembro del Gobierno con mayores activos en su haber.

Las que, no obstante, interesan aquí y ahora son las otras. Nacido en el seno de una familia de panaderos, este ingeniero aeronáutico, doctor en Ciencias Económicas y catedrático hoy en excedencia, ha prestado no pocos e importantes servicios públicos desde que se incorporó a la política en los finales de la década de los setenta bajo las siglas del Partido Socialista: presidente del Parlamento Europeo (2004-2007), titular de varios departamentos con Felipe González en los años 90; secretario de Estado de Hacienda, diputado provincial, concejal de Ayuntamiento.

En todos ellos ha dejado una imagen de solvencia y buen hacer. De ahí sus excelentes rentas políticas. (Y aunque entre paréntesis, es de señalar que la ciudad de A Coruña mucho le debe por las inversiones en infraestructuras urbanas que en conexión con el alcalde Vázquez promovió desde el Ministerio de Obras Públicas y que, por supuesto, pagó).

Hace unos meses Pedro Sánchez se lo llevó al Gobierno de la moción de censura a modo de ministro pantalla. Debelador como había sido con datos y números de soflamas soberanistas al estilo del “España nos roba”, Borrell venía bien para sugerir que ser catalán e independentista no estaba necesariamente asociado. Pero nada más. Y le mandó a Exteriores, mientras que la política autonómica y territorial la dejaba en manos del PSC (Meritxell Batet), mucho más proclive a entenderse con los golpistas.

Ahora, por haber vendido acciones de una empresa de la que era consejero y haberlo hecho en la víspera del preconcurso de acreedores de la compañía en cuestión, disponiendo, pues, de información privilegiada, ha sido condenado por la CNMV a pagar una multa de 30.000 euros. Infracción “muy grave” de acuerdo con lo establecido por ley y, en todo caso, de mucho más alcance que la que, sin haber cometido ninguna irregularidad, llevó al ministro de Industria del PP José Manuel Soria primero a dimitir como tal y más tarde a renunciar a una alta responsabilidad en el Banco Mundial.

Borrell, sin embargo, continúa al frente del Palacio de Santa Cruz. Dicen que habría presentado su dimisión al presidente del Gobierno y que éste no se la habría aceptado. Dicen. Tal vez Pedro Sánchez no haya querido desestabilizar aún más a un Gobierno que ya tiene a más que suficientes ministros tocados.

Lo cierto es que quizás por las rentas políticas acumuladas a lo largo de una dilatada vida al servicio de los intereses públicos, su conducta no ha suscitado el reproche social que otros casos han padecido. Algo habrán tenido que ver en ello las explicaciones por él dadas y también -creo- la distinta vara de medir que la mayoría del sistema mediático aplica según la militancia partidista de quien se trate.

Queda por solventar, no obstante, el reproche político. No ya por infracciones muy graves, sino incluso –siendo benévolos- por resbalones o deslices de mucha menor relevancia, aquí y allá torres más altas han caído.

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