Andalucía

Mientras desayuno, en uno de los bares que alguna vez frecuento, un grupo de parroquianos, de esos que hacen del lugar espacio propio, hablan de la recién inaugurada campaña electoral de Andalucía. Son varones mayores y se les escapa el machismo ancestral en medio de las hojas de los periódicos que tienen entre manos. La Comunidad Autónoma andaluza les queda lejos y, creo, la guardan en el desván del desconocimiento. Escucho que les cuesta entender que una mujer gobierne y sea capaz de ganar elecciones en la región más grande y poblada de España. Y, lo que agrava sus relatos, uno de ellos achaca el fenómeno a la “ancestral ignorancia del votante andaluz”.

La retahíla de despropósitos es tan grande que soy incapaz de saber en qué coordenadas partidarias se mueven sus pensamientos. Se alegran de la derrota de Susana Díaz frente a Pedro Sánchez en las primarias socialistas y sueñan con el triunfo de cualquiera de los candidatos varones a los que ahora se enfrenta. Desconfían de las encuestas, donde se la presenta ganadora, y les gustaría verla implicada en el embrollo judicial y eterno de los EREs.

Me contengo y consigo no intervenir como el corazón me pide. Pero no puedo evitar contemplar a esos cuatro tipos de aspecto refinado como herederos de aquella educación añeja, pero no muerta, glorificadora de “la mujer, pata quebrada y en la casa”. Me gustaría decirles que Andalucía es un ejemplo autonómico de superación, aunque inacabado, de las viejas estructuras y los prejuicios que desde la falaz Reconquista cristiana han administrado y divido a España en dos mundos. De Despeñaperros para arriba y de Despeñaperros para abajo.

Durante quinientos años en las tierras de abajo ha imperado y crecido el latifundismo discriminador y el olvido de la historia real. Algo tan esencial, elemental e influyente como fue la presencia musulmana, la cultura islámica, en nuestro territorio hispano prácticamente no se estudia en las escuelas. Las riquezas intelectual y creativa de los hispanos medievales, vinculados al dominio árabe, han sido intencionadamente silenciadas o minimizadas por los vencedores de aquella falsaria confrontación de creencias religiosas. Todos moros o todos cristianos. Y aún se mantiene.

Si no está de acuerdo, haga usted un ejercicio rápido. Distinga entre esos cuatro conceptos que a propósito acabo de utilizar: musulmán, islam, árabe y moro. ¿Qué tal?

Andalucía ha tenido la fortuna y la sapiencia de no caer en las redes de los pensamientos nacionalistas. Precisamente por el gran bagaje histórico, cultural y universalista que se respira en sus pueblos. Quizás por ello mayoritariamente vota izquierda con reiteración. Ni se entretiene en un nacionalismo excluyente propio, ni se bate por un nacionalismo españolista anacrónico. Y sólo desde la ignorancia de sus múltiples realidades -ocho provincias, ocho idiosincrasias no enfrentadas- pueden entenderse tanto los despropósitos verbales de mis vecinos de desayuno como los de los líderes que desde el resto de España, de Despeñaperros para arriba, aterrizan estos días en Andalucía llevando proclamas propias de reyes medievales, zurcidas con manoseados tópicos y ansias de tierra conquistada.

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