El árbol de las palabras

La historia bien podría estar en el delicioso GOG de Giovanni Papini. El escenario sería un bazar de antiquísimas palabras, pleno de historias por componer, por contar. Se comerciaría con palabras brillantes, más por su fondo que por su forma, y algunas gozarían de eufonías varias al escucharlas con atención. En el escaparate, se ofrecería un saldo de adjetivos. Y, al fondo, entre el batiburrillo, podrían conseguirse, a buen precio, elogios escogidos o de palabras bienintencionadas. Por significado, tendrían mucho éxito las menos ambiguas, aunque sin despreciar a las irónicas. Entre las más hermosas estarían las que designan pájaros e islas exóticos. Entre las más caras, palabras mágicas como abracadabra, por lo que conllevarían en su propia magia. Todas ellas, tendrían vidas invisibles, y podrían dialogar, discutir, amarse, generar aromas, soñar, dormir y crecer. También morirían. Por cada diez calificativos de raíz común, se regalarían dos palabras nuevas y un adverbio. Los acentos, gratis. Y se rumorearía que, al final de temporada, podría sortearse entre los compradores una frase hecha.

Uno de los mejores clientes, el señor Twitter, sería un coleccionista que conservaría sus adquisiciones en un frasco de esencias. Jugaría a tirarlas al aire y a formar frases ininteligibles. Quizás de no más de 140 caracteres, 280 a lo sumo. Entre sus frases hechas figuraría su pensamiento más definitivo: “Para qué esforzarse más, para qué leer más, pues siquiera hay ya tiempo para comprender, dialogar, o escribir tras reflexionar. Improvisar y actuar”.

El cuento es el cuento, quizás no más que una denuncia banal sin trascendencia.

La palabra es la mayor intuición del ser racional. Hay que imaginarse el instante inaugural de cada una de ellas, el momento en que nuestra especie fue capaz de asociar un sonido a un significado concreto y distinguible. Quién habrá sido el primero en pronunciar con cierto sentido términos como endecasílabo, tormenta o cielo. Quién habrá tenido el privilegio de anticipar Anatolia, Constantinopla, entusiasmo, papel, color, arte, viento, alma o democracia. Quién les otorgaría música inaugural: en un poema, en un verso suelto, en una canción. O quién, inicialmente, se las ingenió para trasladarlas a una hoja volandera, a un bando, a un periódico, o a una oración. Las palabras dan cuenta de las cosas que nombran, sin ser esa cosa, son imaginativas y valientes, narradoras y frustrantes, noticiosas y falsas. Son fruto de la evolución del ser y de sus lenguas, consecuencia y resultado.

La palabra antecede a casi todo, a la lluvia de los martes de invierno, al Dios al que se dirigen, a la esperanza que proclaman. Distinguen lo común y lo propio, lo singular y lo plural, lo masculino y lo femenino. Procuran el amor y, con ello, preservan a la especie. Palabras como acordeón, parecen estirables en sus significados, con su pronunciación arrastrada y su eco prolongado.

La palabra es la fuerza, la mayor energía emanada del ser humano, su creación más lograda. Es capaz de transformar el mundo, el real y el imaginario. Resulta un  instrumento imprescindible de descripción incluso de lo indescriptible. Ha hecho comprensible la creación del mundo, su admiración, y ordenará su destrucción

Su música, su significado, su metáfora, su luz, o un mal poema, se bastan para hacer virtuosa o condenar a la palabra, que tendrá un alcance más o menos amplio, será más o menos oportuna. Nunca estará vacía, nunca será inocente, aunque pueda aparentar ingenuidad. Las hay hermosas, rotundas, imbatibles, como salud, amor, paz, algarabía, vida. Asombrosas, asombradas, escépticas, patéticas y también de réquiem. Vendadas. Feas, como naufragio o accidente.

La Inquisición se apropió de un término precioso. Otros han varado en las lagunas del desuso, como aviador, ganapán o dulcería. O fenecen con la moda, con la elegancia de

dandi. Hay palabras que casi ya no se escriben, como incordio que, refugiada en el habla, parece temer a su propio significado, y se ha convertido en una palabra casi enferma para la pluma. Algunas parecen extraídas del  más allá, como tugurio o taburete. Por sí mismas, conceden y restan felicidad.

Cada palabra inteligente puede ser principio de una revolución. Es más, la vida sería otra. No evolucionaría.

Sin las palabras las guerras serían permanentes y más crueles.

El hombre reclama historias, se alimenta de cuentos y rumores, los crea y los provoca, pero cuando le afectan raramente lo soporta. Nadie me ha de obligar a decir lo que quiero decir. Instalado en la frontera, explorador infatigable en le mismo límite de las verdades contrapuestas, en el filo del pensamiento hiriente, de la palabra que contraviene a las palabras, morales y conciencias difusas, ejerzo mi Libertad en cada escrito. En ellos grito o me sereno expresando cuanto me place.

Al inventar cada vocablo gozamos de la autoridad permisiva de Don Quijote, la compartimos con Cervantes. El hidalgo y su creador aprueban la creación de neologismos, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”, según dejó dicho Juan Gelman. Sin más, con la posibilidad de la palabra existirá esperanza.

Los escritores y los poetas escriben de palabras con palabras, madera del mismo árbol del que habrá de nacer el papel de los diccionarios. Es el parto endogámico: de la palabra al verso, del verso al poema, del poema al mundo. La creación es explicada cada vez que brota un arbusto. En cada uno de ellos brota el idioma, el libro glosario, el anaquel, la biblioteca. A partir de ahí, como diría Borges, los vocablos se bifurcan, se convierten en un manantial rico y generoso, y nos dan voz y voto. Un ejemplo casi humorístico. Tocón, en el Diccionario de la Real Academia merece dos acepciones, en la primera se define como parte del tronco de un árbol que queda unida a la raíz cuando lo cortan por el pie y también como muñónparte de un miembro cortado adherida al cuerpo-. Paradójicamente, en la segunda, como adjetivo coloquial, se fija como muy aficionado a tocar o sobar algo o a alguien, especialmente a una persona y de manera lasciva. Hay que saber disfrutar, con o sin exceso, incluso del idioma.

Paradójicamente, el idioma se expande al tiempo que se empobrece. Un dato referido al español. Más de 500 millones de hispanohablantes tienen como código compartido unas 90.000 palabras, pero el promedio de las que se usan roza apenas las 2.000. Las redes sociales están contribuyendo a empobrecernos lingüísticamente. Curioso y alarmante diagnóstico.

Como consuelo, con imaginación, como expresión de cuanto sé hacer, me acercaré al Bazar que contaría Giovanni Papini y pujaré contra el señor Twitter por al menos un término: Palabra.

 

Alberto Barciela es periodista

 

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