Un país raro en Europa

El Día de la Fiesta Nacional de España, denominación oficial regulada hace relativamente pocos años —en 1987—, ha vuelto a reflejar el paisaje conocido: la derecha contra los socialistas —de ahí los abucheos a Pedro Sánchez en el desfile que presidía el jefe del Estado—, la extrema izquierda y el populismo contra la derecha y los socialistas —de ahí la ausencia de Pablo Iglesias en los actos oficiales— y los nacionalistas e independentistas periféricos contra los constitucionalistas —de ahí las ausencias de los presidentes del País Vasco y de Cataluña en los actos presididos por el Rey—. En el fondo, nada nuevo bajo el sol.

La novedad en esta ocasión llegó de Cataluña, donde el Parlamento autonómico reprobó al Rey, votó la abolición de la monarquía y proclamó el compromiso con los valores republicanos, producto de la alianza de En Comú Podem con Junts per Catalunya y Esquerra contra Ciudadanos, PSC y PP. Indudablemente, la reprobación no es agradable para el jefe del Estado —lejos de aproximarse las posiciones entre la Casa Real y Cataluña vuelven a distanciarse— pero tampoco tiene mayor recorrido, ya que una reprobación así solo tendría efectos políticos de alcance si se produjese en el Congreso de los Diputados. Tal vez lo que le concede notoriedad es el anuncio del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, de medidas legales contra el Parlamento de Cataluña en defensa del jefe del Estado. La Moncloa acusa el golpe recibido pero su declaración le resulta insuficiente a Sánchez para congraciarse con la derecha y la extrema derecha españolista, que sigue abucheándole.

En materia de himnos, banderas y fiestas nacionales, España no se parece en absoluto a los países de su entorno europeo, mucho más cohesionados. Nada de lo que vemos aquí sería verosímil en Francia, el Reino Unido o Alemania. Tampoco en los Estados Unidos o en Japón. Quiere eso decir que los grandes países desarrollados tienen resueltos este tipo de asuntos internos desde hace muchos años, lo cual no impide que haya tensiones territoriales, como sucede en Canadá, el Reino Unido o incluso en los Estados Unidos. No solo hay independentistas en España pero es evidente que España tiene un problema político impropio de un Estado de su nivel político y económico y de su historia.

¿Tiene solución el problema de España? Sí la tiene, no parece probable que sea a corto plazo. Es tal el consenso que exige, que poco menos que parece imposible a estas alturas. Y, por si fuese poco, no solo requiere el consenso entre Madrid y Barcelona, sino también dentro de las propias fuerzas políticas españolas, dada la posición de Podemos. Lo normal sería que este tipo de tensiones partidarias pudiera encauzarlas el jefe del Estado, como sucede en otras monarquías y en todas las repúblicas occidentales, pero resulta que ahora en España el Rey también forma parte del problema, lo cual no es un asunto menor. Si de lo que se trata es de tender puentes, lo prioritario parece empezar por dotar España de una jefatura del Estado capaz de liderar la búsqueda de consensos, desde la más exquisita independencia. De lo contrario, España seguirá siendo un país raro en Europa.

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