Festival de precios e impuestos

La escalada de precios y la voracidad tributaria —para financiar dadivosos gastos electoralistas— dinamitan el equilibrio de las economías domésticas

Daniel Mcfadden, Nobel de Economía en 2000, dejó hace un año una frase tan respetuosa hacia España como cargada de fina ironía: “Sigo la política española viendo lo ocupados que están ustedes decidiendo si son un país o dos”.

Bueno, pues mientras los políticos están entretenidos hablando de nacionalidades y naciones, de la exhumación de Franco y de la memoria histórica, del fraude de los másteres y del plagio de la tesis, del espectáculo de la política catalana o de la reforma exprés de la Constitución ¡para acabar con los aforados!, pasan cosas importantes para la vida de los españoles.

Como la escalada de precios de otoño: la bombona de butano y el gas natural; la luz, que intentan amortiguar con el bono social, y la gasolina y el gasóleo. Son productos necesarios para calentar los hogares, para que las empresas abran sus puertas, para que circulen los coches que abastecen a mercados y particulares. Es significativo que la subida del gasóleo haya costado al campo gallego 24 millones de euros en el último año y que la tarifa de la luz haga temblar a Alcoa y a muchas empresas medianas y pequeñas. En lógica económica, esta subida dispara el precio de la cesta de la compra.

Ocurre lo mismo con los impuestos a Sociedades, rentas de ahorro, gasóleo, transacciones financieras, IRPF para rentas altas… y más que vendrán. Subidas en plena desaceleración de la economía y en contra del criterio del FMI y de muchos expertos.

McFadden decía de Trump que “en su gobierno hay muy poca reflexión sobre el impacto económico de sus decisiones”. Salvadas las distancias, ¿hay alguna reflexión en el Gobierno de España sobre los daños que traerá la ‘onda expansiva impositiva’ para la economía ciudadana? Cuando se produce un aumento de esta intensidad, los agentes económicos contraen inversiones, dejan de crear empleo y paralizan nuevos proyectos.

La subida fiscal, que confirmó la ministra Calviño el lunes en A Coruña, puede estar justificada para recaudar y poder mantener el Estado de bienestar y políticas sociales. Pero, ¿por qué el presidente, ministros y asesores nunca recurren a la obtención de recursos recortando tanto gasto prescindible que indigna a la gente? La escalada de precios y la voracidad tributaria —para financiar dadivosos gastos electoralistas— dinamitan el equilibrio de las economías domésticas. Lo sabe el presidente Feijóo que anunció este martes una bajada de impuestos autonómicos. Deberían pedirle la fórmula.

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