El catalán errante

hace tiempo que le prometí, estimado lector, que no volvería a escribir sobre un personaje del mundo de la política que la practica en forma de chantaje, lo que me repugna y me produce un malestar en todo el cuerpo como si de un sarpullido se tratase.

Me estoy refiriendo al que en otro tiempo fuera presidente de la Generalitat de Cataluña y ahora un prófugo de la Justicia española.
Porque eso es lo que es Carlos –no sé si en su documento nacional de identidad pondrá Carles– Puigdemont, que a partir de ahora se va a trasladar por las tierras de la Unión Europea sin poder pisar las de España durante los próximos veinte años.
Es por lo que le llamo el catalán errante que seguirá haciendo kilómetros por los pueblos de esa insolidaria Unión Europea en el campo de la Justicia.

Lo que parecía un tema de obligado cumplimiento de las relaciones interestatales se está convirtiendo en un pensamiento, bastante generalizado ya, por cierto, de si merece la pena seguir siendo miembro de un colectivo de Estados en los que uno de ellos no ha respetado lo que se tiene pactado y que debería ser refrendado cuando se puso en marcha la orden internacional para el traslado y entrega del prófugo a la Justicia española.

El catalán errante puede que, de continuar por el camino que va ahora, acabe como otro gran errante de nuestra literatura, don Quijote. También él acabará luchando contra los molinos de viento, porque en su camino errante poco a poco va perdiendo la cordura, si es que la tuvo en algún momento.

Y mientras que esto sucede se puede pasear por la Unión Europea sin problemas y llevando sus palabras mentirosas a todo aquel que las quiera oír, e insistiendo en que es un preso político en el exilio…
La decisión de los señores alemanes de la toga y las puñetas, que yo respeto pero que no comparto, no le ha hecho ningún bien a esta malherida y maltrecha Unión Europea.

Mientras tanto le siguen dando alas a un prófugo de la Justicia que intentó dar un golpe de mano contra nuestra Constitución.
Y también le dan alas para ser un Quijote luchando contra los molinos de viento, que son sus propias ideas separatistas, y de construir en lo que él llama desde el exilio la República de Cataluña. ¡Cosas veredes, mi señor!

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