Escupir al cielo

Hay proverbios que siempre se cumplen. Merced a uno muy viejo y lógico hemos llegado a esta situación de crisis política, donde el pasado se ha trenzado con los designios para condenarnos a un presente de inestabilidad desalentador. Durante esta semana la fiebre crónica del PP ha explosionado como un grano de pus, contra el que no le han valido a los conservadores sus artificios lingüísticos, sus intentos de sembrar la desmemoria, su simulación en diferido o las maniobras para manipular los tribunales de Justicia… y la detención de Eduardo Zaplana, seguida de la primera sentencia por el caso Gürtel, no sólo ha dado al traste con la fiesta por la aprobación de los presupuestos del Gobierno, sino que ha colocado a Rajoy en lo más alto del pódium de los fracasos históricos.

La primera sentencia de la operación Gürtel ha certificado lo que muchos españoles creían y otros no quieren creer. Los papeles de Bárcenas, la financiación irregular del PP y la falta de sinceridad del presidente del Gobierno han quedado acreditados. Ante una situación semejante, lo ético sería cerrar el quiosco y convocar elecciones. Dejar en manos de la ciudadanía la decisión del futuro. Sin embargo, la ética no está llamada a comparecer ni en el Parlamento ni en las urnas. Por lo que escuchamos, sólo cotizan los intereses de los partidos.

De momento, el más sensato parece Pedro Sánchez al presentar una lógica moción de censura sin certeza de ganarla. Rajoy ha respondido con el apocalipsis habitual y la desmemoria bien aprendida. No quiere dejar de pagar el alquiler de la Moncloa. Ciudadanos se ha subido al escenario del prestidigitador desde donde sigue apoyando de facto a quien quiere derrocar de dicho. En cada repetición -esta se parece a la crisis de Madrid- sus trucos son más previsibles y faltos de credibilidad. A Podemos, usando las caretas del arte dramático, le interesa amagar con un apoyo al PSOE que finalmente no escenificará. El resto de partidos dependen de la cotización en bolsa del voto.

Dentro de tres o cuatro semanas es probable que todas las fichas sigan en los mismos lugares del tablero y los discursos se cronifiquen hasta el final, “natural” según Rajoy, de la legislatura, aunque sigan brotando nuevas sentencias condenatorias de la Gürtel, Brugal, Taula, Púnica y demás condimentos de esta insoportable salsa. La estrategia del PP será resistir tratando de recuperar el reino perdido. La del resto seguir en el desgaste contra Rajoy y entre ellos. Nos hemos italianizado y esa es la única fotografía posible.

Lo peor es la situación del PP. La imagen de partido corrupto -que no es justo considerar universal- no conseguirán limpiarla desde la presidencia del Gobierno. Solo se salvarán con un Moisés capaz de conducirlos por una travesía del desierto. En una situación de bipartidismo esa sería la salida. Pero ahora el problema está en que ya no son hegemónicos en la derecha y su marca cotiza a la baja. No les llegará con una renovación. Tendrán que recurrir a una refundación total -que no se soluciona con un gran congreso- e, incluso, a cambiar de siglas. Ese es su drama. Desde el tiempo de la soberbia de Aznar, los históricos han escupido demasiado al cielo y el proverbio predice que los escupitajos caen en la cara.

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