Luz de Llull

“El amor nace del recuerdo; vive de la inteligencia y muere por olvido” (Ramón Llull)

        Se marchó, como las mareas del tiempo. Se alejó con su mar de sabiduría, con sus olas embravecidas rompiendo contra el infiel. Se diluyó en paisajes lejanos de memorias frágiles, en vagas referencias, en evocaciones frugales. Y ahora, siete siglos después, emerge del misterio, con la fuerza de una aurora, cual alba inmaculada de un raciocinio vigente, con la novedad propiciada por un prolongado reposo, con la contundencia de quien ha pervivido entre las sedas de voces susurrantes, autorizadas, estudiosas, magníficas. Amanece el polímata Ramón Llull sobre Mallorca, “el reino en el mar”, para beneficio del saber del mundo inexperto. Luz de Llull. Me lo evoca el reencuentro con Abel Matutes, con su saber isleño, universal, generoso.

           Trobador, senescal, caballero, maestro, gramático, políglota y traductor, visionario, filósofo, teólogo, místico, viajero infatigable -de Santiago de Compostela a la tierra natal de Jesús, pasando por París, Roma, Montpellier, la Berbería, Rocamadur, Mallorca una y otra vez-, Ramón Llull, enmarca en pensamiento sus intuiciones geniales, aquellas que aportaron aire limpio al mundo medieval del siglo XIII. viciado, dividido. Su filosofía le supuso batallar conscientemente en una guerra desigual con los conceptos impuestos por el poder de entonces, e incluso algo más difícil, enfrentarse a sus propias convicciones. El sabio soportó sus avatares y sus propias aflicciones, simbolizadas en sus miedos, en sus tormentos, en sus crisis.

        Como su Maestro crucificado y soñado, como los Apóstoles, Llull incurrió en dudas profundas, llagueantes, que le provocaron lágrimas vertidas indisimuladamente sobre su propia fe, llanto que alcanzó a inundar su humano corazón, seguramente consciente de pecados tan flagrantes como la renuncia a la familia – su esposa Blanca Picany y sus hijos Domingo y Magdalena- (“Yo era un hombre casado, con hijos, bastante rico, disoluto y mundano”, escribirá), o la utilización de esclavos -comprensible en la época-, sus devaneos exotéricos, etc.  Su “penitencia” le presupuso el cambio de vida (metanoia, término usado en teología cristiana asociando su significado al arrepentimiento, pero que no denota en sí mismo culpa o remordimiento, sino la transformación o conversión entendida como un movimiento interior que surge en toda persona que se encuentra insatisfecha consigo misma.) en pos del don por amor, persuadido de que amando y razonando siempre será posible encontrar a Dios, de que debía lograr convencer a sus coetáneos de construir una vida de bondad, belleza y felicidad.

        Liberado de lazos y posesiones atenazantes, con la vocación de peregrino eterno cuyo objetivo era que Cristo fuese comprendido, amado y seguido, recorrió el mundo entonces conocido, y para ello visitó las residencias de papas, obispos, reyes.

        En su discurrir, y a pesar de sucumbir a tentaciones propias de los sentidos despiertos, persistió en su afán por convertir a infieles -no venciéndoles, sino convenciéndoles-, por ganar almas para una causa de amor a Dios, a su Dios, y para ello utilizó su arsenal teórico, su palabra reflexiva, vibrante, hermosa, musical, junto a una decisión insobornable: la convicción y la esperanza, la profunda seguridad en un destino definitivo: Dios.

CAMINO DEL RENACIMIENTO

            En las obras de este mallorquín, precursor del hombre del renacimiento, destaca ya un anhelo universalista, que persevera en la razón y el diálogo como caminos para conseguir una creencia nacida desde el entendimiento posible. Sus certidumbres aparecen como varadas sobre la arena de la Historia, entre ensimismadas y aferradas en su belleza expresiva, pero siempre firmes. Su lúcido discurso es como un mensaje en una botella que reflejara un Campus Stellae, similar a la proposición de un camino de maravillas entre árboles de saber. Llull es esperanza.

        Con nitidez renace ahora su verdad libre. Confirmando sus ideas. Esculpiendo en nuevos formatos renovadas perspectivas. Ahí está el Doctor Iluminado, bruñido de aciertos, cautivo de intuiciones geniales, esperándonos sereno y formal, sentado, setecientos años después, al pie del camino por el que discurre la vida de cada uno.

            Ramón Llull reclama una lectura atenta de al menos algunos de sus libros -más de trescientas obras dictadas y escritas sobre toda la gama del saber, de la ciencia, de la teología. Desde un tratado sobre astrología a la primera novela escrita en catalán-. Nos invita a soñarlo de nuevo, a repensarlo, a diseñarlo en frescura, ajustándolo a las leyes de la convivencia impuestas por la evolución, y a situarlo al servicio del disfrute de los seres humanos actuales.

        Asumir su vigencia, su proyección y participación de un mundo global -curiosamente ha sido elegido patrono de los informáticos-, evidenciar con serenidad sus valores universales de su obra, es lo que ha conseguido hace ya unos años Carmensa de la Hoz como comisaria de la exposición dedicada por José Dámaso al erudito isleño. Fueron ellos los que nos propusieron un itinerario cierto para retomar a Llull. Lo hicieron con inteligencia exultante, con la firmeza que les otorga el haber escrutado al mallorquín sabio con esos hermosos ojos canarios, con la templanza de sus almas nobles, serenas y límpidas, lo hicieron como impregnados por la emoción sincera de quien abre un tesoro recién descubierto y decide compartirlo en una sonrisa, quizás reflejo de su propia y bella nostalgia de Dios. Carmensa y Dámaso captaron como pocos el mensaje del ilustre mallorquín en todo con su misterio y ensoñación. Quizás el nuevo Xacobeo sea una oportunidad para recuperar aquella bella exposición.

ÉTICA PARA UN NAUFRAGIO VITAL

        Estoy convencido de que las éticas dispersas y diversas, infundadas, convergen en las idolatrías, en los fanatismos, en las conveniencias, en las responsabilidades diluidas, en la no asunción de responsabilidades, en la masa aborregada, seguidista, en el igualitarismo analfabeto, en la falta de referencias. Una ética clara como la de LLull, contundente, expuesta con transparencia y sin ornatos barrocos, facilita la consecuencia, la creencia, la fe posible, incluso divergente, sincretista -estudió la mística sufí, el pensamiento judío y su hermenéutica, etc.- , la interpretación de cada uno, libre. Y resiste siete siglos de sobrenado fuera de Mallorca y Cataluña.

        Gracias a este hombre del siglo XIII, humildemente hemos de callarnos ante la sublime filosofía del saber qué hacer, en cada momento, en toda circunstancia. Su obra nos conmueve y, en este naufragio vital en el que estamos inmersos, nos invita a hallar la flexibilidad,  la comprensión y el perdón.

        Escuchando a Llull, seguramente llegaremos a pronunciar en silencio una oración agradecida, con la humildad de entender cuanto como seres humanos le debemos a la naturaleza, a la vida, a la realidad que nos supera, a nuestros antepasados y coetáneos, y que nos exige un comportamiento a la altura de cuanto recibimos, una propuesta como la que nos propone el autodefinido como “Amigo del Amado”.

Recemos pues a nuestra luz:

 

CREDO  

 

Creo en ti, Ramón Llull, inmensa alma, autora de esperanzas eternas;

 

Creo en las gentes del siglo XIII, en los caminantes de los tiempos que escuchan tu voz viva.

 

Creo en ti como profeta,

crucificado por las dudas, torturado y sepultado por piedras infieles,

pero que resucita vibrante en su pensamiento.

 

Creo en las pequeñas cosas, en la sinceridad de las almas.

 

Creo en los mallorquines, en los catalanes, en los aragoneses, en los peregrinos.

 

Creo en el intercambio de culturas y experiencias.

 

Creo en los seres humanos.

 

Creo en el cielo y en la tierra.

 

Creo en lo visible y en lo invisible.

 

Creo en el sol y en la luna, en la lluvia, en el mar, en el viento,

en el agua, en las piedras, en las semillas, en los árboles del saber creo.

 

Creo en la maravilla de la vida.

 

Creo en Prisciliano y en Llull,

que con sus distintas libertades,

alabaron a Dios desde estos reinos en los que vivimos.

 

Creo en los paisajes humanos sin enmarcar.

 

Creo en los pensadores sinceros.

 

Creo en las lenguas hermosas de Ramón, en su acento mallorquín pegado al suelo, en sus giros catalanes, en su árabe líquido y sonoro, en su latín.

 

Creo en el pan nuestro de cada día.

Creo en el cantar claro de las fuentes, en el rumiar del viento enmolinado.

 

Creo en el resplandor generoso de las bibliotecas, aquel que quema con su verdad no censurada.

 

Creo en la solidaridad callada o proclamada.

 

Creo en el esfuerzo, en la renuncia, en las equivocaciones reconocidas, en el señorío de los humildes, en la espontánea poesía del corazón.

 

Creo en los buenos y generosos.

 

Creo en la vida eterna de las estrellas.

 

Y tras leer a Ramón Llull creo que casi todo está dicho.

 

Luz de Llull.

 

Creo.

LA ÚNICA ESPERANZA

        No hay causas definitivas, ni explicaciones, ni razonamientos, ni remedios. El ser humano apenas alcanza la tolerancia puntual y escasa de lo que sus sentidos y entendimiento le permiten percibir. Aun así es probable que la evolución se encargue de confirmar y luego corregir cuantos planteamientos definitivos pueda formular la denominada especie racional, incluso éste.

            Es cierto que el ser humano alcanza a acordar ciertos convencionalismos de supervivencia, algunas explicaciones lógicas de su existencia en un mundo inabarcable, e incluso otras que producen su fértil fantasía. No obstante, siquiera el tiempo lineal y convenido de nuestros relojes será exacto, pues existirán posiblemente otras dimensiones, percepciones de planos y realidades distintas, complementarias, paralelas o no. Quizás estemos viviendo ya la eternidad y con ello la muerte sea un simple espejismo.

            Con cada cuerpo, con sus cenizas, deberíamos enterrar o quemar nuestras incertezas. En nuestro plano no existe explicación al misterio, porque entonces siquiera existiría el misterio. No se ha  hallado esclarecimiento plausible de la muerte, salvo la fe. El enigma de la vida persiste tras miles de años bajo la luz de estrellas apagadas hace millones de lustros. Eso es todo.

            Debemos seguir confiando en la construcción del puzzle de los investigadores, de los Ramón Llull, verdaderos oteadores de infinitos entre lo minúsculo y en lo inconmensurable, en la tierra y en el cielo, en cada circunstancia. Con sus impresionantes hallazgos nos anuncian que frente a lo infinito, a lo eterno, a lo misterioso y maravilloso, nunca podremos ir más allá de las ingenuidades y que aun así hemos de mantener viva la llama de la esperanza.

            Un día cualquiera es probable que se encuentren las lentes de un telescopio y de un microscopio apuntando a un asteroide -quizás el que Manuel Blasco del Observatori Astronòmic de Mallorca (OAM) descubrió el 13 de junio de 1997 y que bautizó como  “(9900) Llull”)-, y entonces nos veremos obligados a reinventar las fórmulas que nos han permitido llegar hasta aquí. En ese momento, la palabra Dios seguirá siendo la expresión humana de lo inaprensible.

        Salvo personalidades como Llull, el ser humano le otorga más importancia a su capacidad de nombrar que al nombre en sí, opta por las cosas frente a Dios: el fetichismo, lo racional como respuesta a la fe; lo realista frente a lo abstracto, lo conservador enfrentado a la anarquía, la urgencia frente a la serenidad, lo tajante frente a lo consentido. Lo intuido opuesto a lo construido. ¿Y el orden? Dónde, quién lo sugiere, o lo impone. Si Dios no existe, siquiera en nuestra necesidad de justificarnos, tan sólo nos resta el refugio de las cosas, es decir, la premonición de la ceniza de la vida, la desesperanza.

        Sólo la evidencia de Dios hace posible la esperanza. Encendamos en nuestras mentes la luz de Llull, un pensador genial, innovador, claro, un filósofo místico, un beato, un santo próximo. En la oportunidad que nos ofrece este místico cabemos todos, es un punto de encuentro en la asunción de nuestra condición humana, dubitativa, cambiante. Una guía infalible. Una propuesta realizada desde la sabiduría emergida en los tiempos oscuros, por la convicción y el vislumbre de un creyente en el ejercicio de su fe, y en la que encontraremos concordancias de pensamiento, palabra y acción.

        Al tiempo sólo le queda el futuro, hay que esperarlo con felicidad y en la paz de las naciones y de las culturas. En un recodo deslumbrante de nuestro camino, Llull, mártir de su propio arte, el lulismo, se nos reaparece para mostrarnos como detener el reloj y renovar la esperanza del amor a la verdad, única y deslumbrante en Dios. A mi me iluminó hace unos días mientras escuchaba la palabra inteligente de Abel Matutes. Quizás porque desde las islas, desde los lugares pequeños, es posible observar todo el universo.

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