Quim y Roger

Cuando a mediados de enero último Roger Torrent fue elegido presidente del Parlamento de Cataluña, una cierta sensación de alivio recorrió los cenáculos políticos y mediáticos. Su tono aparentemente conciliador no tenía nada que ver con la fogosa rebeldía de su antecesora Carme Forcadell y auguraba tiempos menos crispados para las instituciones autonómicas.

Aquel su compromiso de “coser la sociedad catalana” parecía dar una oportunidad a la esperanza de una progresiva normalización. Sonaba bien la música. Pronto, sin embargo, en su condición de digno hijo del independentismo montaraz los hechos desmintieron las palabras.

Con el recién elegido Quim Torra al frente de la Generalidad hay quien especula con que puede suceder lo contrario. Sus intervenciones en las sesiones de investidura no están llamadas a engañar: difícilmente se puede ser más radical. Y sus tuits y artículos recientes ofrecen un glosario de términos racistas y xenófobos con escasos precedentes, si es que alguno hay. A no pocos les habrá venido a la cabeza la imagen de Puigdemont y el dicho popular de “otro vendrá que bueno le hará”.

Tomarse en serio sus textos, más que grotesco resulta aterrador. Su prosa es intercambiable con la de un Umberto Bossi, fundador de la Liga Norte italiana, o con la del ultraderechista dirigente austriaco fallecido va a hacer diez años Jörg Haider que tanto escándalo y bochorno producían Europa adelante.

Aquí, por desgracia, en estos nuestros lares el umbral de la tolerancia con las pedagogías del odio está bajísimo, como demuestra la respetabilidad cultural, política y mediática de la que ha gozado –sin saber mucho por qué- el nacionalismo.

Se habla estos días de la fascinación que en el exterior despierta, por ejemplo, el prófugo de Bruselas/Berlín. Cientos de plumas y cámaras llevan meses detrás de él allí donde se encuentre haciéndole una enorme propaganda gratuita, incluso cuando su discurso no aporta nada nuevo. No habrá, no obstante, que ir tan lejos. En el interior sucede más de lo mismo.

Cierto es que Cataluña en general y no sólo el nacionalismo han mirado siempre al resto de España por encima del hombro. Se autoconsideran distintos y superiores; es decir, lo que ahora se llama supremacistas. Y siempre exigiendo trato preferencial político y económico. El Estatuto que afortunadamente el Tribunal Constitucional arruinó en 2010 es buena muestra de ello.

Con Quim, como señalaba más arriba, puede suceder lo contrario que con Roger: que después del inicial tono inflamado e incendiario, los hechos desde su despacho alquilado al frente de la Generalidad sean muy otros. En este sentido, medios indulgentes con el esperpento que se está viviendo vienen hablando de la “estrategia de la bifurcación”. Esto es, de la divergencia consciente entre retórica y práctica. Discurso duro, sí, pero sin traspasar determinadas líneas rojas.

Conocedor de lo que le puede venir encima, se dice que acatará las anulaciones del Constitucional. En realidad, los compromisos programáticos adquiridos han sido más bien pocos en términos de ruptura. Y el calendario para dicha eventualidad ha brillado por su ausencia. Ni referéndums ni votaciones peligrosas en la Cámara.

La estrategia de la bifurcación no es, sin embargo, fácil de modular. Como bien se sabe, detrás de él están los antisistema de la CUP, quienes después de haber perdido seis escaños en las últimas autonómicas y con sólo el 4,4 por ciento de los votos son, fuera de toda lógica democrática, los que en realidad decidirán en el Palau de Sant Jaume.

Leo por algún sitio que Quim es el hipocorístico o forma abreviada utilizada en catalán para el nombre de Joaquím, que en hebreo significa “Jehová construirá” (el significado en inglés es mejor omitirlo aquí). Pero en fin, al día de hoy no se sabe qué dará de sí este tosco dios nacionalista que Cataluña se ha echado a sus ya más que sufridas espaldas. De momento, se anuncia tormenta.

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