Aquel libro de cuentos

Años ha, conocí a una mujer muy generosa, esposa de un importante empresario, que había ya fallecido cuando ambas nos hicimos grandes amigas. Nuestra confianza medró hasta que su casa fue la mía en mis viajes a la capital, donde vivía. Era la suya una morada señorial, decorada con exquisito gusto y atendida por mayordomo muy viejecito, pero espabilado y observador, cuyo nombre no ha sido borrado por los años: Tomás. Un profesional tan perfecto que bien podría ser ejemplo de cuantos se dedican a su profesión o a cualquier otra.

Tomás y yo llegamos a estimarnos como si fuéramos familiares muy bien avenidos. Cuando tenía que salir para atender a mis asuntos, Tomás quedaba intranquilo, desconfiado de los peligros, reales o supuestos, de la ciudad. Cuando yo reaparecía por el umbral de la puerta, podía distinguir fácilmente su gesto de alivio.

La casa cobijaba una bien dotada colección de libros en la que consumí muchas horas. Pero guardo especial recuerdo de un repertorio de cuentos infantiles perdido en la esquina de uno de los estantes, que aparentaba no haber sido importunado desde hace muchos años. Me gusta pensar que mi compañía le resultó tan grata como a mí la suya y que al disfrute que me procuraban sus sencillas, pero bien elegidas, palabras le acompañaba el goce equivalente del libro por la atención que me merecía.

Últimamente pienso mucho en aquel ejemplar y he terminado por no estar segura de si parte de lo que de él recuerdo corresponde a sus auténticas palabras o a aquellas que yo le atribuyo. He concluido que da lo mismo, porque nuestro pasado (que es cosa distinta al pasado que compartimos con otros) no es más que lo que de él recordamos. El paso del tiempo nos hace así dueños de crear la realidad que un día vivimos, a condición de que otros no puedan derribar nuestros recuerdos con los suyos propios.

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