Las dos plumas de ETA

Bien leído, el comunicado de ETA del pasado 20 de abril resulta casi angelical al lado del hecho público este jueves último, en el que la organización terrorista dice disolverse. Parecen hechos por distintas plumas.

Al menos y aunque con simple “lo sentimos de veras”, en el primero de ellos ETA pedía perdón y reconocía el daño causado en el transcurso de su trayectoria armada. Pero en el último, no sólo no hay rastro de disculpa o arrepentimiento alguno por los 854 asesinatos causados a lo largo de medio siglo, sino que llega a denunciar la “obstinación de los Estados (es que suponer que de España y Francia) por perpetuar el ciclo de violencia política” y apuesta por materializar el derecho a decidir que conduzca a la constitución del Estado vasco. Terminología típicamente etarra, lejos de la más suave literatura del primer documento.

Infame es el párrafo en que dice que los/las ya ex militantes de ETA continuarán con la lucha por los objetivos máximos de la organización, en los ámbitos donde cada cual lo considere oportuno, “con la responsabilidad –añade sin rubor- y honestidad de siempre”. Como si tamaño reguero de muerte, odio, terror y sufrimiento pudiera haber sido mínimamente compatible con ambos conceptos.

Que las voces para la lectura de la llamada “declaración final” hayan sido las de Josu Ternera y Soledad Iparaguirre , Anboto, reafirma la idea de que la organización no se ha movido un ápice de sus criminales planteamientos. Como se recordará, Ternera fue uno de los máximos dirigentes de la banda cuando ésta perpetró algunos de sus más terribles atentados, aunque no fuera –es cierto- el más duro de la misma. Y Anboto tiene también a sus espaldas un sangriento historial: catorce asesinatos.

Si ETA se ha disuelto es porque como organización terrorista no era ya nada. Sólo un dispositivo obsoleto que había cumplido la misión para la que fue creada. Tiempo antes había resultado vencida policialmente. No estoy, sin embargo, tan de acuerdo con quienes estos días dicen que, se mire como se mire, en el haber de ETA sólo hay fracaso; que ni ella ni sus adláteres han conseguido la más pequeña victoria política ni la más mínima concesión del Estado a sus reivindicaciones.

¿De verdad? ¿Quién entiende, si no, su presencia en las instituciones políticas y en las calles como si nada hubiese sucedido. Basta comprobar la impunidad con que celebran el retorno de los excarcelados a sus lugares de origen y la total humillación que infligen a las víctimas. O el ambiente que ha rodeado a los encausados por la paliza los guardias civiles de Alsasua.

Entramos ahora en el llamado tiempo del relato. Es decir en el tiempo de esa historia que suelen escribir los vencidos más que los vencedores. Quien ha matado –anotaba el año pasado por estas fechas Maite Pagazaurtundúa, una de las voces más valientes de la resistencia antietarra-, tiene una enorme necesidad interior de reescribir la historia para no sentirse miserable. Ellos –añadía- no van a parar. Ya no es valentía; es tenacidad.

Construir el relato de lo que realmente ocurrió durante los largos y negros años de barbarie terrorista, no olvidar a las víctimas y hacer frente a quienes pretendan blanquear lo sucedido, es tarea de todos; no sólo del Gobierno y de las instituciones políticas. El sistema mediático está llamado también a tener en ello especial protagonismo, pues no es vano informadores y creadores de opinión son quienes más frecuente y próximo contacto mantienen con la opinión pública.

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