Resucitando en domingo

 

Quién nos diera un domingo de resurrección con su luz brillante y su ansiada elevación sobre lo terrenal. Reflexiono ante un rastreo por las portadas de los periódicos mañaneros, tras la pausa y descanso tradicional del viernes santo. Es evidente que, tras ese tiempo, se acumulan demasiados titulares que chirrían en esta pacífica espera de gloria como metáfora a tantas incongruencias que llevamos protagonizando en este país. Sigo creyendo que, a pesar de tantos ruidos mediáticos, la gran mayoría de mis compatriotas son de tono intermedio en sus apreciaciones diarias. Más calmados en sus iras y más cómplices de su día a día. Espero seguir creyendo que la gran mayoría no se escandaliza de cuatro chistes baratos o de acusaciones sectarias de unos y otros sobre los acontecimientos diarios. Y estoy segura que esa gran mayoría que tanto seduce a los deseos electoralistas de todos los políticos es la que, sin tanto ruido, da la vuelta a encuestas y proyecciones de voto. Como cualquier domingo de resurrección, lo que no se espera termina siendo un nuevo amanecer para todos. He hablado muchas veces de los medios de comunicación. Como periodista es mi pasión particular, y también mi deber con ellos. A pesar de tanta globalización de los canales informativos y de pluralidad de formatos, ofrecemos demasiado notición único, reiterativo, con sesgos de engañosa apariencia de pequeños grupos de opinión, como la máxima que aglutina el pensamiento universal. O sea, que más que defender uno de nuestros más básicos anatemas, basado en esa pluralidad enriquecedora, constreñimos la realidad en particularidades que en nada representan esa hermosa globalidad que se hace infinita sobre lo que pensamos cada uno de nosotros.

Posiblemente, el tufillo de cierto hartazgo de los ciudadanos pueda explicarse por tanto concordato politiquero que parece ser siempre el protagonista de desdichas y lágrimas. Y si alguno cree que esa es una buena estrategia, debería recordar que si quien debe solucionar los problemas es quien los genera algo terminará rompiéndose en nuestro frágil equilibrio social. Estamos empezando a equivocarnos cuando solo ponemos el acento en lo que dicen, olvidando lo importante, lo que hacen. Erramos al priorizar que una opinión puede ser acusada de instigadora de odio, mientras vemos encarcelados y muertos por defender sus ideas en tantos lugares del mundo. La libertad nunca debería ser selectiva, porque en su esencia sería una contradicción. El respeto a cada uno de los que nos rodean significa entender que podemos convivir con posicionamientos extremadamente opuestos. Esa es la verdadera resurrección de cualquier sociedad que se exige a sí misma ser cada día mejor. En la biografía del filósofo francés Voltaire, se recrea, a partir de una falsa discusión para plantear su talante progresista, una frase que se ha hecho famosa alegando que “no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. En verdad, esta frase fue hermosamente hilada por su biógrafa Evelyn Beatrice Hall, y que tanto resume a día de hoy el pensamiento ilustrado del erudito francés. En definitiva, es brillante pensar que cualquiera de nosotros seríamos capaces de defender con nuestra existencia el derecho de cualquier conciudadano a expresarse como y por lo que fuera. La realidad a día de hoy se aleja estrepitosamente de esta leyenda, y con ello, tal vez, estemos posponiendo una vez más la batalla por una sociedad más democrática y solidaria. Como dice el politólogo norteamericano Noam Chomsky “Si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, no creemos en ella para nada”. Y si es así, entonces deberíamos pensar que algún reloj apocalíptico se podría mover peligrosamente hacia la medianoche. Por el momento seguimos teniendo un hermoso domingo de resurrección, y su plenitud seguirá en nuestras palabras y en nuestras manos.

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