Ramón y la autopista

Por mucho que reclamen los partidos de la oposición en Galicia la AP-9 no pasará a depender de la Xunta, ni se rebajarán los peajes, ni se dejarán de pagar cuantos se abonan en la sombra por las gratuidades concedidas. No, no lo conseguirán sencillamente porque esta arteria gallega es un buen negocio privado.

Distinto sería que la AP-9 no tuviera tránsito, fuera un fracaso económico por la falta de ingresos y liquidez, y concluyera por dar en quiebra. En ese caso sí. Se darían las circunstancias para que el Gobierno central y la Xunta, ambos de la mano, rápidos y veloces, acudieran a rescatar este servicio público que, como sucede con tantas concesiones, es siempre privado el beneficio y públicas las pérdidas. Naturalmente le suena este enunciado. Es tan viejo como el viejo concepto de capitalismo salvaje.

Mi vecino Ramón de España está convencido de que topar con el negocio de las autopistas es como hacerlo con la Iglesia. El entramado pertenece y responde a dogmas de fe, ajenos a cualquier lógica empresarial de quienes nunca pasaremos de poder montar una taberna o una pequeña empresa autónoma. En el mismo ámbito, resulta complicadísimo aceptar con serenidad lo que está sucediendo con el rescate de las nueve autopistas radiales quebradas.

Ramón ha descubierto que unos empresarios obtuvieron las concesiones para explotar esas vías de comunicación mediante peajes. Esto es, para vender un servicio en el libre comercio, en base a un plan de negocios estudiado y bien calculado. Exactamente lo mismo que hizo él al abrir una carnicería en el barrio. Ha sabido que recibieron subvenciones millonarias, apoyo de bancos y créditos ventajosos. Nada al alcance de un carnicero.

Y acontece que los viajeros no pasaron, que los peajes no rindieron, que el negocio era una filfa, un espejismo. Tampoco había público para el carnicero y Ramón se quedó con la mercancía colgada o en el congelador. Sin embargo, y aquí entra la fe, los empresarios de autopistas contaban con un seguro llamado Responsabilidad Patrimonial de la Administración, que les garantiza la devolución del producto mediante un cobro millonario, que pagaremos todos los Ramones de España.

Y eso no es lo peor a ojos del carnicero. Su ruina es para toda la vida mientras los empresarios de las autopistas piden 5.000 millones de euros por entregar su fracaso al Estado y el ministro está dispuesto a darles 3.718.000 euros, sanear el chiringuito y devolverlo a la empresa privada. ¿Con otro RPA? Sin dudarlo.

Naturalmente, en buena lógica, Ramón se pregunta por qué para ellos no existe la excusa de la falta de recursos, por la que se hunde la sanidad o la educación. ¿Por qué no cierran las autopistas, como su carnicería, si no circula nadie? ¿O por qué no las convierten en autovías sin peaje? La verdad, hay que tener mucha buena fe para aceptar semejante fraude legal. Me solidarizo con mi amigo Ramón, el carnicero.

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