Pinchar en hueso

 

Acostumbrados como estaban a moverse con cierta comodidad por los Tribunales, no resulta difícil imaginar el asombro de  Puigdemont y compañeros golpistas  ante la evidencia de haber pinchado en hueso. Esto es, ante el inmisericorde  juez Pablo Llarena que, ajeno a las agendas políticas, instruye día a día la causa en el Supremo citando a nuevos investigados, rechazando recursos de los ingresados en prisión, resolviendo con prontitud y contundencia, revisando informes y, en definitiva, desenredando la liada madeja del proceso independentista que aquéllos habían urdido.

Fuentes del alto tribunal aseguran que la instrucción da sus últimos coletazos. Y  consideran previsible que los acusados puedan ser procesados a finales de marzo e inhabilitados ya para ejercer cargo público, incluso sin que exista sentencia firme, de acuerdo con lo permitido por la ley procesal penal y tal como para entonces ha dado por hecho el ministro Catalá.

Un tiempo récord, sin duda, que muy probablemente no se hubiese producido sin el firme pulso  del magistrado en cuestión. Los flecos que quedan en los Tribunales catalanes  y en la Audiencia Nacional van mucho más lentos, como suele suceder. De todas formas, Parlamento y Gobierno autonómicos han empezado por si acaso a repensar calendarios y estrategias.

Bien es cierto que aún falta por comparecer ante el juez del Supremo algún alto personaje del despropósito  independentista. Me refiero al que fue máximo responsable de la Policía autonómica: el hoy ex mayor Trapero. Cuesta creer que aún no haya sido llamado a declarar como investigado, habida cuenta de que sin el auxilio de sus agentes difícilmente hubieran sido posibles desarrollos de eventos como el referéndum ilegal del 1-0. La Fiscalía anda tras la imputación, pero el juez Llarena dice que aún no ha llegado su hora.

Es de suponer, con todo, que después de los informes presentados por el ministro Zoido en el Senado y de la pormenorizada declaración como testigo del coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos, encargado de la coordinación policial en aquella jornada, no tarde mucho en ser llamado a capítulo.

Dicen las crónicas madrileñas que la declaración del alto mando de las fuerzas de seguridad del Estado fue “demoledora” para los altos responsables de los mossos: el exconsejero Forn –ya en la cárcel- y el ex mayor Trapero. En sustancia vino a contar lo que buena parte del sistema mediático no quiso ver entonces: que los mossos fueron cómplices del ilegal referéndum; que la policía de la Generalidad no sólo incumplió la orden judicial  de impedir las votaciones, sino que las facilitó, al tiempo que entorpecía, cuando no interfería el desempeño de la misión que Policía y Guardia Civil tenían encomendada.

Añaden las citadas crónicas que en sus críticas a los responsables de los mossos el alto mando de la Benemérita fue más directo y duro que el ministro Zoido, que sin que se sepa mucho por qué se ha andado siempre con más contemplaciones.

Al juez Llerena el único personaje que se le ha escapado vivo ha sido Carme Forcadell. Tal vez porque le cogió de nuevas y quiso creerse el arrepentimiento de la que había sido presidenta del Parlamento autonómico. Dicen que la declaración de ésta, al borde de un ataque de nervios, invocando su condición de abuela, su amor a los nietos y el miedo a entrar en la cárcel, fue patética. A partir de entonces el dicho  “hacer un forcadell” ha quedado como expresión y sinónimo de impostura, simulación y cobardía.

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