La imágen del agua

Cuando viajo al sur, como en esta semana, no hay conversación en la que no surjan recurrentes las mismas preguntas: ¿cómo es posible que en Galicia tengáis problemas de agua? ¿Tan mal os administráis? ¿Realmente se trata de un síntoma del cambio climático? Y a partir de ahí, lo habitual es perderse en explicaciones y adentrarse en una selva de contradicciones, de suposiciones y de enredos entre políticas conservacionistas y políticas oportunistas e, incluso, de triviales diatribas partidistas.

Los graves incendios del pasado año y la sequía, que han sacado a la palestra deficiencias endémicas, faltas de planificación, griteríos de mercado, excusas de malos pagadores y propuestas improvisadas, han universalizado la importancia de saber administrar los recursos hídricos en un territorio donde se suponía que nunca surgirían problemas de abastecimiento y de uso racional de las aguas.

La polémica entre el ayuntamiento de Vigo, con Abel Caballero al frente, y la Xunta de Galicia, personificada por Feijóo, por el trasvase del río Verdugo y la calidad del agua viguesa, ha llegado a todos los rincones de España. Las imágenes distribuidas a todo el mundo de los incendios de octubre de 2017, en las que pudo verse una legión de desesperados voluntarios y voluntarias para suplir las deficiencias de la administración, tratando de cortarle el paso al fuego, que corría hacia el centro de las villas y del propio Vigo, han roto para muchos la idílica marca de la Galicia verde, rica en aguas y plácida para el turismo de naturaleza. Y las acusaciones mutuas del presidente y del alcalde, en lugar de aplacar el desaguisado non han logrado otra cosa que echar gasolina al fuego de la mala imagen.

Y en nada amortigua que, en nuestras respuestas, contextualicemos el asunto como una vulgar polémica localista, cuando otras imágenes de pantanos secos se cuelan en los informativos. Telediarios en los que también se habla de la “industria” y del “negocio oculto” de los incendios. Cuando sabemos que el monte volverá a arder el próximo verano. Cuando no seamos capaces de explicar por qué no se educa sobre el consumo del agua y sobre el conocimiento y uso de los montes. Cuando el olvido “oficial” siga siendo la moneda de pago permanente de un mandato para otro.

En esa pelea, también este año, en FITUR nuestros atractivos naturales han sido reclamos preferentes y sobre ellos el loable empeño de Baltar, desde la Diputación de Ourense, por poner en valor el termalismo y las aguas minerales, casi como un solitario marinero en tierra. Y luego, arrastrado a esa misma línea, Feijóo ha anunciado una ley pionera para regular las aguas termales. Esfuerzos que no mitigarán el problema mientras no se cree una generosa mesa diálogo, con políticos y especialistas, sobre el agua y el fuego, para encontrar soluciones a un temible conflicto futuro del cual sólo estamos escuchando el pregón de su anuncio.

El porvenir de Galicia no son las grandes ciudades ajenas al mundo rural y sus sectores primarios. Pasa por buscar el equilibrio entre ambos modos de vida, donde las enfermedades del agua y de los incendios son mucho más transcendentes que imágenes para el turismo y de uso en las polémicas partidistas.

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