El insulto de Iceta

No ha sido una ocurrencia de final de campaña. La propuesta de Miquel Iceta sobre la conveniencia de conceder un indulto a los responsables del golpe de Estado en Cataluña viene de más lejos, no puede considerarse como novedosa y, por lo tanto, no se entiende demasiado la polvareda levantada. Lo ha recordado la portavoz parlamentaria Margarita Robles y así ha sido. Sólo el momento electoral en que ha visto de nuevo a la luz puede justificar el mayor eco político y mediático suscitado.

Argumenta el primer secretario del PSC que ello es aconsejable en aras de la reconciliación entre los catalanes tras el grave enfrentamiento social causado por el independentismo. Se trataría de “coser y cerrar heridas de origen político aunque hayan llevado a la comisión de algún delito”.

Muy posiblemente algunas llagas –aunque no todas, ni mucho menos- cerraría en el bando independentista y en los amplios aledaños catalanistas que a su sombra perviven. Pero lo que sí es cierto que en la otra mitad de la comunidad y en el resto de España produciría un efecto manifiestamente contrario: más que cerrar, abriría.

Y es que por muy inoportuna que parezca en estos momentos preelectorales, la gravedad de la propuesta del máximo dirigente del socialismo catalán reside en que supone un más que sonoro desprecio a los principios básicos de la ética política. Ya la sola sugerencia del indulto significa además un insulto a los millones de ciudadanos que han confiado y esperado la actuación del Estado de derecho para hacer frente a los tantos y tamaños delitos cometidos a lo largo y ancho del proceso soberanista.

Se les ha repetido a los ciudadanos por activa y pasiva que quien la hace la paga; que en democracia los conflictos se solucionan con diálogo y con el peso de una ley igual para todos. Mal o nada entenderían, pues, el borrón y cuenta nueva para los acusados que Iceta propone.

El PSOE se ha desmarcado, pero con la boca pequeña. Cuesta, en efecto, creer, que Pedro Sánchez, a quien tanto le gustan también las manos tendidas, las reconciliaciones y equilibrismos parecidos le hace ascos en su fuero interno a la cuestión.
De ser así, el socialismo catalán seguirá perdiendo votos y, a la vez, el secretario general del PSOE verá reducida sus opciones a nivel nacional. Por ello hay quien dice con buenas dosis de razón que mientras el Partido Socialista no se separe de una vez del PSC para presentar sus propias siglas en Cataluña, con un programa nacional sin medias tintas ni oportunismos, nunca será de fiar ni levantará cabeza ni allí, donde es el cuarto partido, ni el resto de España.

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