El tejido de la Constitución

Confieso que sólo había leído íntegramente la Constitución de 1978 una vez, esto fue hace treinta y nueve años, cuando estaba recién salida del horno y traía olor a paz, convivencia y futuro. Quienes estábamos en la pomada de la información, sobre su redacción manejábamos rumores, anécdotas y pareceres de quienes empujaban el carro cara al mañana, de quienes pretendían atascarlo en el inmovilismo y de aquellos otros incapaces de entender la trascendencia de una norma más allá de las disputas políticas, pensando que no les iba ni en el sueldo, ni en la cesta de compra, ni en la matrícula escolar o en el médico de cabecera…

Con aquellos mimbres forjábamos cada día nuestra opinión tratando de aportar cuanto de positivo podíamos extraer de un texto, aparentemente árido, con preceptos que, como el hoy famoso artículo 155, nos pasaron desapercibidos. Una vez aprobada, no tardó un soplo en desaparecer del primer plano aunque realmente sustentaba toda la acción pública. No se enseñó a conocerla y amarla en las escuelas, para las universidades fue un texto más, y paseando por las calles rara vez se la vio. Solo ahora, en el momento de considerarla anciana y obsoleta, ha vuelto, casi denostada, a la palestra.

He aprovechado estos días de fiesta para leerla de nuevo. Y lo he hecho teniendo a mano el resto de Constituciones españolas gracias a una excelente edición facsimilar publicada por Teófilo Ediciones. La he repasado mientras en paralelo escuchaba voces y más voces pidiendo su reforma urgente. Vinculándola al conflicto catalán o a la financiación autonómica. Políticos/as de todos los colores de quienes dudo que la hayan estudiado con detenimiento y con la imparcialidad necesaria.

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