Un preso peligroso

 La expresión “la justicia es un cachondeo” que en los años ochenta acuñó Pedro Pacheco entonces alcalde de Jerez, ya forma parte del lenguaje popular y seguro que en el futuro será incluida en las antologías de textos y frases célebres.

Aquel alcalde dicharachero comprobó que la justicia, además de “un cachondeo”, es implacable en octubre de 2014 cuando ingresó en la cárcel para cumplir cinco años y medio de prisión que le impuso el Tribunal Supremo por emplear a dos compañeros de partido en sociedades municipales.

Me acordé del regidor jerezano la semana pasada al leer que en el juzgado de lo penal de Ourense se estaba celebrando la vista oral contra un ex alcalde y cinco ex cargos del gobierno municipal acusados también de contrataciones bajo la fórmula de “asistencias técnicas externas” que según el Ministerio Fiscal vulnera la normativa contractual de las administraciones públicas”.

Nada que objetar. Pacheco, los imputados de Ourense y todos los políticos tienen que cumplir la ley, también en la contratación de personal para que todos los ciudadanos tengan igualdad de oportunidades de trabajar en las administraciones.

Ahora bien, cinco años y medio de cárcel para el ex alcalde de Jerez por “prevaricar” con dos contrataciones puede ser conforme a derecho, pero parece un castigo desproporcionado -en el caso de Ourense piden para ellos diez años de inhabilitación, esperaremos la sentencia- y un agravio comparativo porque que levante la mano el cargo político con mando que no haya “colocado” a un pariente, a un amigo o a un conocido, como saben de sobra en Ourense. La justicia no daría abasto si se ocupara de las contrataciones de enchufados en las administraciones públicas e instituciones anexas.

Pero Pedro Pacheco, que reconoció la irregularidad de las contrataciones y devolvió el dinero cobrado por los contratados, sigue en la cárcel Puerto III y volvió a ser noticia la semana pasada porque en un registro encontraron en su celda una almohada, tres libros y un crucifijo de madera -regalo de un preso ahora en libertad-, objetos que excedían lo permitido a los reclusos en los que la dirección del centro debió ver “armas de destrucción masiva” y trasladó al preso de módulo.

Parece un castigo excesivo de los carceleros que, en lugar de interpretar el reglamento, se ensañaron con Pacheco, un “preso peligroso” que arrastra el estigma de aquella famosa frase, que es compartida por muchos ciudadanos.

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