Galleguismo: equilibrio y moderación


Si hay dos cualidades necesarias para enfrentar el desafío catalán con perspectivas de éxito son el equilibrio y la moderación. Justo dos propiedades inherentes al galleguismo. Veamos.

Es más fácil cambiar la conciencia de los hombres que cambiar la historia y la realidad. Y no es verdad que un cambio en la apreciación que tenemos de la realidad signifique de modo inmediato un cambio de la realidad misma. Sencillamente porque la realidad es terca.

La realidad es terca y es además sumamente compleja. Es más, conforme la ciencia y la tecnología parecen permitirnos una aproximación más íntima a la entraña de la realidad natural, o conforme las ciencias sociales despliegan ante nosotros, en dimensiones más completas, las actuaciones humanas, más parece justificada la convicción socrática del reconocimiento de la propia ignorancia como sabiduría propia del hombre.

Esa sabiduría que nos es exigible rechaza cualquier expediente simplificador o reduccionista. Hoy hemos de enfrentarnos a la realidad en toda su complejidad, con dos instrumentos de interpretación que nos resultarán imprescindibles y a los que ya hemos aludido: el pensamiento compatible y el pensamiento dinámico.

El pensamiento compatible nos permitirá superar la aparente contradicción que los nacionalistas de un signo o de otro pretenden asentar entre la realidad de cualquier comunidad y la realidad de España. Esas realidades pueden resultar incompatibles en su conciencia, porque en los propios sentimientos, al parecer, es uno mismo quien manda, aunque a veces resulte dificultoso. Pero no son de hecho incompatibles, en absoluto en la realidad. Es que si así fuera nada impediría la disgregación de una comunidad particular en virtud de procesos de afirmación municipalista o de cualquier otro tipo, o sería igualmente posible negar desde la raíz la posibilidad de un movimiento tan complejo de integración como el que representa la Unión Europea. Y con él negar las posibilidades de superación de carencias, de mejora de las condiciones de vida, de posibilidades de acciones solidarias en el mundo entero, de superación de rivalidades nacionales infructuosas y, en ocasiones suicidas.

El pensamiento dinámico nos hará comprender la realidad no como algo inerte y estático, sino como algo dinámico y vivo, en constante y complejo movimiento evolutivo, en el que inciden una cantidad inconmensurable de factores que escapan ya no sólo a nuestro control, sino a nuestro conocimiento o a nuestra imaginación. Las decisiones que tomamos no hacen parar la historia, la activan. Podemos equivocarnos, pero los mismos acontecimientos nos revelarán nuestro error. Ahora bien, si esto es así, la prudencia debe presidir nuestras decisiones. No podemos jugarnos a una carta todos nuestros bienes. Y acompañando a la prudencia la capacidad de rectificación, de reforma.

Otra forma de expresar esta misma idea es refiriéndonos al equilibrio y moderación, que empieza antes que por la acción, por el juicio. Un juicio equilibrado exige mirar a todas las partes y a todos los componentes que podamos abarcar de la realidad juzgada, incluso a aquellos cuya comprensión nos resulta dificultosa o a los que nos parecen de todo punto incomprensibles. Puede que las cosas sean blancas o negras para la lógica o para las matemáticas, pero la realidad está colmada no ya de una increíble gama de grises, sino de una inabarcable paleta de colores. Como se ha señalado, lo que muchas veces consideramos contrarios no son sino complementarios que mutuamente se exigen. Galicia y el galleguismo nos lo enseñan todos los días.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo


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