La lengua como bandera

En Cataluña el “procés” entró en las escuelas en las que, además del adoctrinamiento contra todo lo que suene a España, el castellano es la pieza a batir con el arma de la inmersión lingüística en el idioma autóctono.

Las víctimas de esa inmersión son los alumnos que se ven privados del derecho a la enseñanza en y del castellano y, lo que es más grave, en algunos centros los castellano hablantes son señalados y marginados por expresarse en su idioma familiar.
Es una obviedad, pero hay que recordar que las lenguas son patrimonio de todos y, por tanto, marginar a una de ellas nos empobrece, además de atentar contra el derecho ciudadano a conocerlas y utilizarlas, somos más ricos si nos comunicamos en dos idiomas que en uno. Por eso no se entiende el odio de los nacionalistas al castellano, como tampoco se entiende la inquina de muchos “españolistas” al gallego -aunque Galicia goza de su pax lingüística sin sobresaltos-, al catalán y euskera.

Solo un nacionalismo cerril utiliza la lengua como bandera con imposiciones y consigue con argumentos falaces que el sentido común rechaza que el instrumento más grande de comunicación entre los pueblos y las gentes sirva para para enfrentarlos y desunirlos.

¿Qué ocurre en otros países? En el mes de julio estuvo en Madrid Stéphane Dion, embajador de Canadá en Berlín, representante del país ante la UE e impulsor de la Ley de Claridad después del referéndum de Quebec en 1995. Dion es una autoridad en procesos de secesión y dijo que “en Quebec hay mucho menos separatismo” porque gran parte de la población tiene mucho más claro a qué se arriesgaría y porque la tensión lingüística entre inglés y francés está superada.

“Los jóvenes, dijo Dion, están más conectados y abiertos al mundo, ven que en el mundo se habla inglés y que en Canadá tienen la posibilidad de hablar dos idiomas, de hablar inglés sin perder su lengua materna, que es el francés. No quieren escoger entre dos lenguas, quieren hablar las dos lenguas. No quieren escoger entre dos identidades, quieren tener las dos identidades. La identidad es algo que debemos sumar, no restar, y la secesión es una invitación a restar. Ahora la gente está menos dispuesta que antes a aceptar esa pérdida”.

Sana envidia. En Canadá la apertura al mundo y la lealtad institucional contribuyeron a la normalización lingüística. En Cataluña -igual que en Baleares y Valencia- esa apertura y lealtad ni está ni, tristemente, se le espera.

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