Tiempo de entendimiento y de acuerdos


El 1-O ha supuesto la constatación de que las cosas no pueden seguir como hasta ahora. El espectáculo que hemos contemplado no debe volver a producirse. Las causas no son difíciles de adivinar. Debe inaugurarse un tiempo de entendimiento y diálogo que busque la paz entre todos los españoles, especialmente entre los que viven en Cataluña.

En efecto, en la democracia las cuestiones problemáticas que afectan a las condiciones de vida del pueblo, de las personas, es deseable que se resuelvan a través del acuerdo. El recurso, pues, al consenso como método ordinario de solución de conflictos es algo razonable y propio de los sistemas democráticos puesto que no parece admisible que el hilo conductor de la vida política sea la confrontación, sobre todo en esa versión  hoy tan presente,  del intento de destrucción  del adversario político. Y, lamentablemente, el 1-O fue todo menos un ejercicio de entendimiento y de concordia.

El común denominador de la vida política ha de ser, ciertamente, el acuerdo, el diálogo, el acercamiento de posiciones, máxime cuándo de resolver problemas que afectan al conjunto de la ciudadanía se trata. Es más, sin acuerdos fundamentales y profundos es bien difícil sentar las bases de un sistema genuinamente democrático. Hoy, entre nosotros tenemos asuntos de gran envergadura  política y social que bien merecerían el intento del acuerdo y el entendimiento al margen de cálculos o intereses partidarios.

Subrayar el carácter fundante o constituyente del acuerdo para la vida política no significa, ni mucho menos, que la actividad política se reduzca a los consensos. Este planteamiento, propio de versiones  ingenuas de lo que es la política, permite llamar la atención sobre algo que me parece fundamental cuándo se trata de reflexionar sobre la funcionalidad de los acuerdos, del diálogo, en la vida democrática. Me refiero a que el acuerdo, el pacto o el consenso constituyen un momento del diálogo, no  su estado ideal ni su conclusión. Lo realmente esencial es dialogar para intentar solucionar los problemas pensando en los derechos de los personas, pensando realmente en las condiciones de vida de los ciudadanos, en lo mejor para la comunidad en una palabra.

Ciertamente, el consenso, el acuerdo, son una etapa del diálogo, como también lo son el disenso, la divergencia, la discusión, la desavenencia o la recuperación, si es el caso, de la concordia. Todas ellas son fases del diálogo  igualmente valiosas. Pero lo fundamental, lo capital, lo principal, no es que los interlocutores se pongan siempre de acuerdo en todo y para todo, lo que es imposible muchas veces por obvias razones, sino que  respeten y tengan permanentemente presente el presupuesto metapolítico que hace posible el diálogo, que los convierte en interlocutores, en conciudadanos: la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales.

Hoy, sin embargo, si los actuales actores políticos fueran capaces de comprender que el pueblo lo que quiere es que se  busquen soluciones pacíficas y razonables, otro gallo cantaría. Para eso tendrían que dejar de lado dogmas y aspiraciones tecnoestructurales, aritméticas políticas y prejuicios.

La pregunta es, tras lo que ha pasado el 1-O,¿serán capaces los actuales actores políticos del presente de pensar de verdad en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos y menos en ensoñaciones y  en matemática política?. Quisiera ser optimista pero me cuesta. Y no poco.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo


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