La predicción de Ortega sobre Cataluña


Aunque no me gusta la expresión “daños colaterales”, sirve para definir que, pase lo que pase el uno de octubre en Cataluña, van a quedar graves secuelas. La primera de todas es que el habitual prontuario de agravios y victimismo que una parte de aquella va a tener un nuevo episodio con que arremeter contra España. El más inmediato anterior fue la serie de reformas que el Tribunal Constitucional introdujo en el Estatuto de 2006, que de modo tan inconsciente patrocinó Zapatero.

Pero con todo ello, para mí lo más grave siguen siendo sus efectos en la sociedad española. Por una parte los complejos de los que dan muestra los llamados partidos de izquierda y otros personajes de la derecha, como el ex ministro Margallo que o bien muestran una actitud favorable a considerar que los españoles que viven en Cataluña son diferentes a los del resto de España, y que, sin llegar a reconocer su derecho a separarse de los demás, están dispuestos a forzar su acomodo, con cesiones que rompen la igualdad de los ciudadanos en derechos y deberes (base del Estado moderno).

Podemos discutir la conveniencia de convertir a España o no en un Estado federal, pero que lo patrocine un partido de raíz jacobina como el PSOE, partidario de un Estado fuerte, tradicionalmente enemigo de las pretensiones de la burguesía nacionalista (lean lo que al respecto escribía Indalecio Prieto) resulta chocante en tanto supone acercarse a las tesis de aquella en su versión moderada.
Pero la verdadera voz cantante la lleva la CUP, que es un partido antisistema, con apenas 400 mil votos, pero que va por delante de los que teóricamente gobiernan, y que por su ideario filo o proto anarquista van más allá de la separación de España y la creación de un estado independiente, cuando como tales están en el fondo en contra de Estado alguno.

No sorprende nada que quienes consideran que Cataluña va por buen camino y que la serie aberraciones jurídicas que se están cometiendo “dan cobertura legal” al proceso con que se pretende consumar lo que no es otra cosa que una rebelión o un golpe de Estado, digan lo que dicen porque anidan en la misma camada ideológica, ya que a su pesar es imposible, aunque les gustara, trasladar a otros espacios. Pero saben que por aquí, por mucho que en determinadas fechas vociferen, no es que no tengan futuro, es que es inviable que una Galicia desvinculada del resto de España pudiera sobrevivir económicamente.

Insisto, sorprende y entristece que haya españoles que se hayan plegado, por no decir, rendido, a los argumentos del nacionalismo catalán desde posturas que se reclaman progresistas, haciendo suyo principios que lo son tan poco, como eso de que según el espacio territorial donde se viva los ciudadanos puedan ser diferentes o las comunidades asimétricas.

Y creo que en esta hora vuelven a tomar rotunda vigente aquellas palabras que Ortega pronunció en 1932, en la discusión del Estatuto de Autonomía de Cataluña: “Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles”
Pero ya Ortega intuyó la propia naturaleza del problema al que nos enfrentemos, pero no pudo imaginar que con uno de los dos bandos se iban a alinear algunos españoles partidarios de la quiebra de su país. En la calle se movilizan miles de catalanes. No hay duda (con algunos refuerzos de antisistema de Europa).  Pero ¿son menos catalanes los que se quedan en cada, que no se manifiestan o que lo hacen en contra o simplemente quieren seguir siendo españoles? Y del mismo modo que hay catalanes e hijos de andaluces o murcianos que no se sienten españoles y, como decía Ortega: “El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelvan en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado, en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y los reabsorbe […] Lo importante es movilizar a todos los pueblos españoles en una gran empresa común”, decía Ortega.

Esa debería ser nuestra prioridad.


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