Dejen las banderas en su sitio, si us plau…


 

Menos mal que ya hablé de la llegada de septiembre porque con esta primera semana del mes,se nos ha pasado todo un mundo. Las tertulias diarias se han convertido en especiales continuados en directo desde el Parlament de Catalunya. Y es difícil poder aguantar tantas horas de maltrecha argumentación, porque al final siempre gana el que más fuego le pone a la temática. Me resulta difícil hablar de lo que ha pasado en estos días. Mi equidistancia se torna avergonzada por tanto descrédito a la democracia bien entendida y lo digo por ambos lados. Nunca he sido partidaria de los nacionalismos en vena, me superan ante una visión más humanista de la sociedad donde impera el ser social y menos las banderas. Pero debo reconocer que el sentimiento patrio es demasiado fuerte para que pueda evolucionar más allá de enrollarse con una bandera y proclamar lo que cada uno mejor pueda. De lo que sí soy partidaria es del sistema de convivencia. Imagino, y solo eso, que hace ya varios años se hubiera negociado la consulta. Llegar a un acuerdo en cuanto a la celebración del referendum, con sus tiempos, sus condiciones de participación y vinculación, sus garantías de legalidad…Bueno, que ya hubieramos pasado este trance y estaríamos hablando de cuestiones más apremiantes como lo que vamos a perder del rescate bancario, de los próximos presupuestos, del maltrato a las mujeres, de la pobreza infantil, de lo que lleva recaudado la ley mordaza o de lo perdido gracias a esa inquina con el 21% del iva cultural.

Los tiempos que vivimos están muy espesos. No hay ninguna ilegalidad por sentirse exclusivamente catalán o español. Ambos planteamientos se refieren a la esfera personal sin que por ello debiera existir ninguna confrontación. Sigo pensando que cada sociedad tendrá derecho a elegir legalmente sus condiciones de gobernabilidad y que tal derecho pueda ser expresado y tasado cuando tiene que ver con las relaciones administrativas. Desgraciadamente este “proces” nace desde la prohibición y , en cambio, no ha supuesto un enriquecedor debate sobre ambas vías administrativas. Estamos perdiendo una gran oportunidad para crecer y madurar, tanto por parte de unos como de otros. Si el único argumento mayoritario para apoyarlo es la prohibición del gobierno central, quedamos huecos del buen hacer de la política, de motivar, de discutir y enfrentar para, finalmente, llegar a a acuerdos que supongan soluciones. Eso es la politica. Si por la otra parte, el único argumento del gobierno central es la ilegalidad del mencionado proceso, queda cojo de algo tan importante como la de legislar leyes que sirvan para dar soluciones a la sociedad en movimiento, unas veces más compartidas y otras menos, pero igual de respetables en su resolución. Recordando a Mandela que decía “la democracia significaba que todo hombre tenía derecho a ser oído y que las decisiones se tomaban conjuntamente como pueblo”, me refrenda en mi consideración sobre el hecho de que poner unas urnas nunca podrá ser un delito ni dejar de ser una aspiración de cualquier sociedad. Lo malo es que no seamos capaces de organizar este tipo de acciones públicas para seguir ejerciendo derechos sociales y universales. Las patas fallan por ambos lados. Por todo ello el bochornoso circo de esta semana donde un parlamento deja de debatir para evidenciar quien es el que más aguante tiene, no tiene justificación alguna.

Casualidades de la politica, en este último consejo de ministros se ha aprobado la celebración de un referendum en la localidad de Villafranca de Córdoba sobre la “gran huevada”. Sin caer en el chiste facilón, los tiempos no están para mucha tonteria,pero tal vez, sería recomendable desengrasar muchas opiniones.


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