Octubre catalán

El mes de octubre es propicio para las revoluciones. Me vienen a la memoria las de Asturias de 1934, la rusa de 1917, la marcha sobre Versalles de 1789, el 16 de octubre de 1817 cuando Simón Bolivar fusiló a Manuel Piar y quedó como líder absoluto de la emancipación de las colonias americanas y al 6 de octubre de 1934 cuando Lluís Companys proclamó la República catalana… No sé si achacarlo a una cuestión meteorológica, al miedo a un invierno precario o a simples coincidencias sociales una vez recogidas las cosechas, repletos los graneros y todo el tiempo del mundo por delante para cambiar el estado de las cosas.

No es el caso de Cataluña donde nos anuncian la culminación de una revolución incruenta para el día uno de este octubre, que está llamando a las puertas de la Historia. El de ahora parece más un tiempo adecuado para las refriegas tras las vacaciones y el inicio del curso escolar y político. Pero ante el cariz tomado por los acontecimientos me temo que este «octubre catalán» acabe pasando a los anales de la burrez política tradicional.

Veamos la situación con simplicidad. De un lado, los independentistas catalanes quieren hacer su revolución pendiente. Del otro, el Estado quiere hacer cumplir la ley. Los primeros no necesitan para llevar a término su proyecto otra razón que el empecinamiento y la tozudez. Los segundos no disponen de otra alternativa que la firmeza. La de la razón no vale y la de las fuerzas de orden público, apoyadas por el ejército, entrañan un peligro extraordinario. Además, desde los dos frentes se ha jugado la partida con cartas marcadas, trampas maquiavélicas, actuaciones coercitivas, menosprecio del contrario, intereses electorales y falsedades manifiestas.

Todo empieza cuando se acepta y realiza un «referéndum» para aprobar el nuevo Estatuto catalán. Cuando el Parlamento de Cataluña aprueba el texto. Cuando el PP lo lleva al Tribunal Constitucional. Y cuando esta guerra resulta rentable en votos para ERC, la CUP y el PP. Lo que sigue es la crónica de un disparate anunciado. Porque ahora, cuando la Generalitat y el Gobierno del Estado se han saltado las normas según les convenía, la resolución final será, necesariamente, una revolución pase lo que pase.

Y bobos serán aquellos que pretendan que las revoluciones cumplan las leyes. Van contra ellas, como la guillotina fue contra María Antonieta y Luis XVI, la nocturnidad contra el zar Nicolás II y su familia, el puñal de Marco Junio Bruto contra Julio César, la sublevación de Bolivar contra la legalidad vigente y un largo etcétera, del que no aprendemos.

En el futuro todo este proceso se estudiará dentro del capítulo de los grandes errores de la convivencia nacional. Y, si la intelectualidad no hubiera perdido el sentido del humor, ya deberíamos estar viendo en las librerías novelas ridiculizando esta astracanada, series de televisión mofándose con libertad de los dos bandos y canciones protesta contra tanta mezquindad, contra el ejercicio de la política twitteada y contra tanto abuso de poder legislativo, económico, político y judicial. Se use desde la trinchera que se use.

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