Cultura y religión

 

El sábado media España salió a las calles para solidarizarse con las víctimas del terrorismo y contra los atentados de Cataluña. Me gustaría poder abstraerme y creer que las convocatorias de esta índole están siempre limpias de partidismos -no de política, porque todo acto público es un ejercicio político aunque se trate de una obra de teatro, de la proyección de una película o de una verbena popular-. Si los intereses partidistas hubieran estado ausentes de las manifestaciones de este sábado habríamos asistido a grandes actos de nobleza política. Pero, una vez más, no fue así.

Desde las primeras horas, tras los atentados en Cataluña, hemos asistido a la habitual instrumentalización del suceso con intereses partidarios, de una parte, y de confrontación institucional por otra. Y, en ambos casos bajo el velo de la hipocresía, la manipulación y la confusión. Y, como viene aconteciendo desde que el yihadismo entró en escena con su falsa “guerra santa”, se han tañido dos campanas peligrosas para la convivencia: la del chovinismo y la de los sentimientos religiosos.

Del primero, para qué darle más vueltas en este cruce de caminos histórico tan disparatado, donde las falsedades publicadas son monedas de curso legal. Todos los observadores tenemos la certeza de que el problema catalán volverá a ser una herida mal cerrada y eternamente alimentada por la mediocridad política habitual. Pero el segundo asunto, el de los sentimientos religiosos, contiene una mala engalladura en su seno.

La cultura religiosa en España prácticamente no existe. Por dos razones. Una, por el monopolio ejercido durante casi quinientos años por el catolicismo, que ha generado seguidores incondicionales y detractores irreconciliables. Y dos, por la falta de educación religiosa en los planes del Estado laico. La segunda cuestión indirectamente es también consecuencia de la primera, ya que se confunde educar sobre religión con proselitismo católico.

A ello hay que agregar una intencionada mala lectura de nuestra historia religiosa. Se ha falseado el pasado hablando de buena convivencia histórica de las tres confesiones del libro, mientras se han subido a los altares persecuciones y expulsiones por cuestiones de odio religioso. Musulmanes y judíos se han convertido en proscritos para el imaginario cristiano. Una cuestión que aflora con demasiada facilidad cuando asistimos a sucesos como los de Cataluña o cuando, simplemente, se abre una nueva mezquita o una sinagoga en un barrio tradicional.

Queremos mostrarnos como un país tolerante en materia religiosa, pero no estamos preparados para serlo. Las religiones son fundamentos vivos de la sociedad que, como las distintas corrientes de la filosofía, forman parte del corpus cultural de nuestra civilización. Quizás el gran problema estribe en que todos los credos religiosos son imperialistas y excluyentes, pero eso no les resta importancia para que deban ser estudiados, desde la pluralidad en las aulas, como pilares conformadores de cultura. El discernimiento es el mejor antídoto contra la intolerancia, los iluminados y los integristas. Y, en España, quien esté libre de una gota de sangre árabe o judía en sus venas, que tire la primera piedra.Cu

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