Los jóvenes, maltratados


El jefe de servicio de Psiquiatría del Complejo Hospitalario de A Coruña, Manuel Serrano, alerta sobre los cuadros de ansiedad y depresión que aumentan significativamente entre los jóvenes que llegan a los 30 años sin expectativas laborales que les permitan acometer sus proyectos profesionales y familiares.

Es una noticia inquietante, consecuencia lógica del infierno laboral que están viviendo los jóvenes, que puede ir a más porque su realidad es dramática. Ellos integran el colectivo en edad de trabajar más castigado por el paro y el subempleo, por la precariedad laboral y salarial inferior a la media que los convierte en trabajadores pobres, no tienen reconocimiento profesional, algunos se perpetúan como becarios y muchos desempeñan trabajos que nada tienen que ver con su formación académica y cualificación profesional… Un panorama desolador.

Este mes encontré a una joven filóloga con máster vendiendo bañadores y camisetas en una tienda; conocí a un químico que despachaba cañas en una cafetería de la zona de movida a la caída de la tarde; en una gran superficie vi como otra joven titulada envolvía regalos. Los tres trabajan más allá del horario convenido, cobran salarios que no dan ni para ir tirando y saben que su trabajo es estacional, sin perspectiva alguna de continuar después de setiembre. Son tres casos reales, como los de decenas de miles de jóvenes.

A principios de agosto escribía el profesor Albino Prada que a pesar de que los minijobs temporales reducen el desempleo, “tenemos hoy en Galicia 200.000 empleos menos para los jóvenes que hace diez años. Estamos arrasando a generaciones de las que depende nuestro futuro económico, la competitividad y la solidez de nuestra economía”.
No me atrevo a decir que esta generación de jóvenes sea la mejor formada porque, como todas las generaciones, tiene carencias imputables en gran medida a los sucesivos y desconcertantes planes de enseñanza. Pero sí que es una generación sufrida y resignada, que sabe que está siendo destrozada y, aún así, no pierde la sonrisa.

La sociedad les cierra horizontes, ahoga sus ilusiones en el mar de la precariedad y la incertidumbre y tan solo les abre las puertas de la emigración o les aboca a caer en la ansiedad y depresión que diagnostican en el hospital coruñés.

¿Tiene algún futuro esta Galicia nuestra, envejecida, si sigue maltratando a los jóvenes que son lo mejor que tiene y la única garantía de su supervivencia?


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